Desleales

Padre Pacho
Columnista

Enseña Sharnay que la lealtad no puede ser gris, o es blanco o negro, o eres leal por completo o no eres leal en absoluto. Ser leal es una decisión, una resolución del alma, el más sagrado bien del corazón humano. Confucio pensaba que el erudito no considera el oro como el preciado tesoro, sino la lealtad y la buena fe y Chesterton la definía como el sentimiento que nos guía en presencia de una obligación no definida.

Son muchos quienes se han referido a esta gran virtud, fundamental para nuestras relaciones humanas: Quien pierde la lealtad pierde la vida; ¿Quién más desleal que aquel que desaparece cuando el camino se hace oscuro?; Quien es leal eleva su mirada con humildad, quien no lo es la eleva con soberbia, poseyendo siempre un corazón intranquilo; No hay nada más cruel y mezquino que un ser desleal.

Si entendemos a Goethe cuando afirmaba que el mayor mérito del hombre, consiste en determinar sus circunstancias y no dejar que las circunstancias lo determinen a él, podremos comprender, el gran aporte del literato español Francisco garzón, cuando asevera que, la lealtad no depende de las circunstancias porque es de la permanencia de los principios.

Ninguna relación importante sobrevive cuando se ha perdido la confianza por completo. Cuando alguien a quien consideramos nuestro amigo se atreve a hablar mal a nuestras espaldas, o revela detalles a partir de su propia interpretación y no desde una realidad objetiva, será menos que el polvo de la tierra, porque su deslealtad, no solo ha destruido una relación de amistad construida desde la confianza, sino que cava su propia tumba, al perder su propia paz, por haberse fallado a sí mismo, poniendo a prueba la armonía con su propio hermano.

Desarrollemos esta virtud desde nuestro interior, nos permitirá tener un equilibrio saludable, basado en el amor y la confianza, donde brille la honestidad y la autenticidad; una conexión mutua que permita relaciones duraderas, en la defensa del buen nombre del amigo, la discreción para guardar las confidencias y el respeto para velar por su intimidad.

Cuán difícil es cultivar esta porcelana sagrada, quizás por ello, Feuerbach tenía claro que quien convivía con los caninos, entendía claramente hasta donde podían llegar palabras como generosidad, compañía y lealtad, por eso expresaba: “Cada vez que conozco a los humanos, más me enamoro de mi perro”.