Debemos estar alerta contra una vieja receta

Julián Cárdenas Correa
Columnista

Muchas veces las impresiones y versiones que tenemos de ciertas personas y autores se deben, fundamentalmente, a su vez, a versiones que otros nos allegaron. Si bien llegan escritas o de “oídas”, esas versiones carecen, generalmente, de objetividad.

Un autor citado para ser odiado por muchos es Friedrich A. Hayek. Algunos incluso odian lo que escribió y dijo, y muchos de quienes le odian literalmente dicen “que le odian tanto que ni le leyeron, ni lo harían”. Allá ellos, son quienes se engañan.

Camino de Servidumbre fue escrito por Hayek en 1944, es decir, mientras aún se desarrollaba la Segunda Guerra Mundial y con lo que allí dice el autor, incluso su archirrival, John Maynard Keynes, se mostró de acuerdo. Keynes señaló, además, su concidencia con los puntos de vista de moral y de filosofía social de ese que llamó “gran libro”.

Algunos vemos tantas coincidencias entre esta época y la que se vivió hace un siglo, que tales coincidencias, literalmente, asustan.

El autoritarismo, el totalitarismo y el populismo son términos que están en uso hace varios años, pero después de leer el Camino de Servidumbre, podemos decir que ese varios años se remonta a más de un siglo.
Llama mucho la atención, entre decenas de verdades que expone Hayek, el que identifica cómo los políticos, del tipo Trump, Bolsonaro y AMLO en la actualidad, que se alinean con el totalitarismo; se las ingenian para llegar al poder ante el asombro de muchos que nos sorprendemos.

La receta es sencilla: En primer lugar, “es probablemente cierto que, en general, cuanto más se eleva la educación y la inteligencia de los individuos, más se diferencian sus opiniones y sus gustos y menos probable es que lleguen a un acuerdo sobre una particular jerarquía de valores. Corolario de esto es que si deseamos un alto grado de uniformidad y semejanza de puntos de vista, tenemos que descender a las regiones de principios morales e intelectuales más bajos, donde prevalecen los más primitivos y “comunes” instintos y gustos”.

En segundo lugar: “entra el principio negativo de selección: será capaz de obtener el apoyo de todos los dóciles y crédulos, que no tienen firmes convicciones propias, sino que están dispuestos a aceptar un sistema de valores confeccionado si se machaca en sus orejas con suficiente fuerza y frecuencia”.

Y en tercer lugar: “Parece casi una ley de la naturaleza humana que le es más fácil a la gente ponerse de acuerdo sobre un programa negativo, sobre el odio a un enemigo, sobre la envidia a los que viven mejor, que sobre una tarea positiva”.

Cuando se pregona el miedo al totalitarismo a nivel mundial en la era post covid19, ya sabemos la receta: Buscar el apoyo de quienes se ubican en la uniformidad de puntos de vista, o por lo menos los más influenciables masivamente; martillar una y otra vez un mensaje que pretende imponer un nuevo sistema de valores y por último, invocar al odio identificando un enemigo común.
Asusta, pero esos mensajes y esa estrategia la vemos todo el tiempo, en el mundo, en América Latina y en Colombia. Algo nos sube pierna arriba…

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