Como un desahogo

Héctor Tabares Vásquez
Columnista

La época y las circunstancias en las cuales andamos inmersos, no dejan de mostrarse inquietantes y verdaderamente inciertas. Una civilización cuyo norte no fue otro diferente al de la propia conveniencia, paga de contado el precio altísimo de su soberbia y de la negligencia en todos los aspectos, en el devenir del hombre. Ahora los sentimientos cunden ansiosos entre el dilema de la conservación y las finanzas, priorizándose en unos y en otros de manera diversa.

No resulta sano entrar a controvertir y a generalizar en cuanto a sí existe la preocupación y la intención en la investigación profunda y responsable en la búsqueda de una vacuna y de intentar el control a la causa de la debacle mundial. Pero mientras esto sucede, son numerosos los incordios atestando inclementemente los espacios y apremiando a un colectivo impaciente y convulsionado. Frente a la urgencia de proteger la vida, asoma la imposición hacia una limitación de la fabricación masiva y el desplazamiento respectivo.

No es posible desconocer la situación crítica de la empresa privada, la generadora de empleo, ante la dificultad de cubrir mesadas cuando no hay ingresos y desde luego, el natural efecto, un inmenso y considerable sector de la población, cesante, desprovisto de elementales medios de supervivencia. Y esta no es una materia menor, ni una simple cuestión a resolverse bajo el punto de vista de los expertos en el área pertinente.

Aquí el argumento rebasa esa fracción material y objetiva, para obligarnos a penetrar en las zonas íntimas del género, tantear la fibra mayormente sensible de los seres racionales y cambiar radicalmente el chip de concepción del universo y de los beneficios a nuestro alrededor. Al margen de las ideologías reinantes, cualesquiera sean ellas, el tema imperativa y lógicamente va a trasladarse y a provocar una sacudida brutal en el pensamiento de las personas. Es innegable cómo un virus de la magnitud del circulante en el entorno, ha prodigado unas reacciones nunca advertidas y extremadas los espíritus, de tal modo que nos hemos puesto ad portas de un rasero y de una igualdad de perentorio e inevitable cumplimiento.

El fenómeno en curso, hace necesario un planteamiento poco ortodoxo, empero indudablemente práctico y útil. Apura el sometimiento de los orgullos y la movilización de los capitales, grandes, pequeños o ínfimos, en una cruzada orientada a prestar los servicios básicos a quienes no están en capacidad de rendir, de captar, de recibir y subsidiar a los colocados en calidad de marginados o en potencia de estarlo, dadas las condiciones experimentadas. La tendencia apuntará entonces a una congregación de acciones dirigidas a nivelar en parte las afugias y las penurias de la gente. No se trata de jornadas maratónicas de apoyos económicos, de aportes en bancos y en gobiernos, sino al contrario, un desprendimiento físico y efectivo destinado a procurar los recursos suficientes en orden a facilitar la actividad productiva de las compañías y la consecuente suministración de trabajo y así las comunidades tengan la tranquilidad del salario, la oportunidad de vivir dignamente.

Es la hora del “todos para uno y uno para todos “, empezando por el grupo familiar, rodeándose adecuada y regularmente, a fin de enderezar en algo sus exigencias y premuras, pasando después a tocar las puertas del vecindario, allende los propios hogares, también en similares y serios quebrantos, eventualmente en peligro. No es a la espera de un Estado presto a solucionar y actuar, a la intervención arribista y demagógica de los usufructuarios de la riqueza y de los bienes públicos. Es un asunto integral, de conjunto y en tan arduo empeño, es preciso abandonar las discusiones partidistas y las contiendas doctrinarias, dándole vía libre a la confraternidad, la ayuda mutua, la reciprocidad social, a la sencillez, la humildad y el amor al prójimo como a nosotros mismos. Todo en medio de una total y completa concientización cultural y disciplinaria.