Cartago: de la abundancia a la crisis

Víctor Zuluaga Gómez
Columnista

En alguna ocasión me preguntaba un asistente a una charla sobre historia, la razón por la cual, Cartago (actual), que había sido la ciudad más poderosa del norte del Cauca, aquella que estuvo llena de estancias y haciendas y esclavistas, llegó al final del siglo XIX convertida en un pueblo que tiene un extraordinario valor por su historia y su arquitectura, pero con una economía en decadencia.

Ya dije anteriormente que a partir del siglo XVII, después del traslado, dice Francisco Zuluaga: “…el traslado fue un incentivo para las hacendados y estancias de la sabanas, se incrementaron las transacciones, que fueron cada vez más frecuentes y mayores, se incrementó el comercio con el Chocó y recuperaron…las Cajas Reales”. El fenómeno del oro en el Chocó obró el milagro.

Pero como dice la canción: “todo llega y todo pasa”, pues desde mediados del siglo XIX, con la llegada de compañías mineras extranjeras al Chocó, como la Gold Minning Company, el oro extraído por la compañía era en arrobas, el pago de impuestos al gobierno era de kilos y lo que dejaba en infraestructura en el Chocó eran gramos. El oro se fue y con él la bonanza de muchos años del Cauca y por lo tanto de Cartago. Al Cauca habían llegado gran cantidad de antioqueños para establecerse en el norte de dicho departamento, es decir, en Chinchiná, Santa Rosa, Belén de Umbría, Pereira, etc. buscando tierras baldías de las cuales el Cauca disponía de más de 140.000 hectáreas. Pero cuando, repito, al finalizar el siglo XIX se reduce la producción de oro en el Chocó y en el Cauca, el declive se hizo sentir, a tal punto que la gran cantidad de sirios, libaneses y judíos que se habían establecido en Gran Cauca, incluyendo a Cartago, comenzaron a emigrar hacia lo que hoy conocemos como Eje Cafetero, porque a comienzos del siglo XX fue una realidad la producción en calidad y cantidad de café en esta zona, dotada de unos suelos con ceniza volcánica que le dan un sabor único.

La bonanza ya no fue del oro sino del café, al menos durante todo el siglo XX. De manera que mientras Manizales, Armenia y Pereira crecían y desarrollaban su infraestructura, Cartago, al igual que Popayán se iban perfilando como grandes museos de la tradición y la arquitectura. En efecto, en Cartago vivió el último Hidalgo.

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