Cargas de profundidad

Gabriel Alberto Toro Peláez
Columnista

Sin rumbo y con los valores embolatados percibimos a una gran mayoría de colombianos, especialmente jóvenes; porque hemos venido aceptando, como regalo de modernidad, que lo IN es entregarse al marxismo, sin digerirlo, por el prurito de entrar en la onda, revelándose contra normas de comportamiento que les parecen odiosas, porque limitan su libertad desenfrenada . Ello ha venido a coincidir con nuevas formas de crianza de los niños y jóvenes, mal entendidas que llevan a que los padres y profesores no se les permita contradecirlos porque según psicólogos modernos ello será causa de frustraciones.

Por este camino, nuestra nación ha venido a enredarse en una maraña de normas protectoras que pretenden regular casuística y exageradamente cada circunstancia del desarrollo de las relaciones interpersonales y de los ciudadanos con los animales, sus bienes y el propio Estado; a tal punto que la justicia, representada por jueces, magistrados, y también los funcionarios administrativos, ya empiezan, por supuesto tardíamente, a ejercer sus funciones, divorciadas de la ley, porque ella misma resulta irracional o sin lógica y muchas veces absurda o impracticable.
Ejemplo de ello son los términos de ley que no los respetan ni los jueces, haciendo los procesos interminables.

Las absurdas multas de tránsito que por exagerado valor, conducen al ciudadano a no pagarlas, o acudir al soborno ya que muchas veces rebasan el precio del auto o la moto En fin , los ejemplos son muchos.
Recientemente se conoció el caso del león, Júpiter que fue rescatado de un circo, cuyos animales sufrían de maltratos, por la señora Ana Torres que le prodigó toda clase de cuidados y lucía cariñoso, aseado, adecuadamente alimentado y como todo un león, con su melena bien cuidada. Pero alguna autoridad absurdamente celosa de sus funciones ordenó su traslado al zoológico de Montería, donde lo dejaron morir de hambre en condiciones oprobiosas.

Igual ocurrió con el león Morgan 4° que era mantenido en buenas condiciones en el batallón San Mateo, que fué trasladado al bioparque Ukumarí por funcionarios que quisieron protegerlo, muriendo en condiciones deplorables.