Breve historia de la “mermelada”

Alfonso Gutiérrez Millán
Columnista

En 1215 Juan, rey de Inglaterra, trató de cobrar nuevos impuestos a sus súbditos con tan mala suerte que estos se sublevaron y le obligaron a otorgar un documento que resultó fundacional para la democracia: desde entonces nadie puede ser encarcelado o molestado en su persona o bienes sino por mandato de jueces independientes del poder real y, lo que resultó aún más importante por su contagio sobre todo el orbe: en adelante, solo una reunión de persona elegidas por los contribuyentes estaría facultada para reunirse y, previo un sesudo diálogo al respecto (resumido en la inflexión inglesa “parliament”) decretaría tanto los impuestos como los gastos a cargo del tesoro público.

Luis XVI, en 1789, convocó una asamblea estamentaria para conseguir nuevos impuestos, pero esto dio origen nada menos que a la revolución francesa. Algo parecido sucedió en los EE.UU. donde unos colonos que ya se habían amotinado contra el llamado “impuesto del té”, terminaron declarándose independientes de la Gran Bretaña en 1776. Y no olvidemos que el alzamiento efectuado en el siglo XVIII por nuestros traicionados comuneros tenía que ver con la misma temática: origen, recaudo y manejo adecuado de cualquier tipo de contribuciones. Algo que según casi todas las constituciones del mundo realizan hoy los congresistas, como herederos legítimos de aquellos “parliaments” británicos.

Pero hay más: en Gran Bretaña los parlamentarios no solo decretan impuestos, sino que eligen el gobierno que debe administrarlos, lo cual permite que cada diputado sustente ante ese mimo gobierno las partidas que considere necesarias para su región y, sobre un legítimo consenso en la materia, se estructure finalmente el presupuesto nacional. Esto, para no hablar de USA, donde el gobierno presenta el proyecto de presupuesto pero los senadores y representantes determinan absolutamente todas las partidas.

Siendo así las cosas creo que estamos en mora de rehabilitar -al menos éticamente- la participación de nuestros parlamentarios en el proceso presupuestario. Seguir considerándola despectivamente como “mermelada”, permite que los Carrasquillas de turno concentren y repartan caprichosamente el gasto público desde sus privilegiados escritorios bogotanos.