Bienvenidos a la infancia

Neverg Londoño Arias
Columnista

Los reencuentros familiares, el regreso a la casa materno-paterna, sentir que “de nuevo juntos”, pensar en los que no llegaron, los que se fueron, los que van quedando y el volver a ser niños para participar en los juegos de la luz, el color, el regalo y el alimento desordenado, dan formas a la navidad.

El niño de la infancia sigue en cada uno de nosotros, puro, juguetón, sensible y espontáneo. Todas las cargas negativas se han guardado en los cubículos del miedo: humillación, injusticia, abandono, traición, rechazo, soledad, tristeza, depresión, violencia, marginalidad y abuso, heridas de la infancia que se necesita sanar. Pero también hay recuerdos de felicidad: afectos, juegos y momentos gratos, caricias, abrazos, protección, ternura y compañía.

El niño interior, con sus insuficiencias en el adulto, sale en la navidad a tratar de recrear sus cargas emocionales, repitiéndose en otros niños y compartiendo estos espacios de los tiempos de la gente nueva. Muchos adultos se hacen incapaces de soltar esos pesares: son hoscos, resentidos, negativos, tímidos y dependientes, incapaces de compartir, se marginan a los “lugares exclusivos de los adultos”. Pero el reencuentro familiar ofrece un lugar especial a ese grupo de niños tristes.

El niño interior es un recuerdo infantil que sigue pegado al alma, a las rutinas del cuerpo y la piel, al trabajo, al juego adulto, a las travesuras del amor y el riesgo, a la aversión a la sopa y las preferencias por la golosina y la comida informal. Un niño creativo, espontáneo, generoso y extrovertido que se ubica en el mejor lugar dispuesto a explorar el mundo. Ese niño interior liberado de muchas ataduras se hace expresivo, habla sin medida, se toma la libertad de meter la pata, reír, burlarse de sus propios defectos y expresar sus miedos y sus emociones más profundas con la calma de quien ha superado tristezas y soledades y desea proyectarse más allá de su tiempo: en un adulto apacible, dueño de sí mismo y seguro frente a las situaciones difíciles.

Los adultos deben acoger su niño interior, reflexionar sobre la vida personal, cambiar, dejar que el llanto fluya y que los malos momentos se puedan elaborar buscando salidas que produzcan felicidad. Soltar todo lo negativo, Saber que el camino recorrido desde la infancia ha tenido puntos memorables de triunfos que han favorecido la minimización de las derrotas.
Feliz Navidad para los niños de todas las edades.