Alegatos de esa injusticia que nos rige

Gabriel Ángel Ardila
Columnista

Estas pocas líneas sobre un tema que ha ocupado mucho espacio en nuestras vidas, van en memoria del gran maestro: Antonio Vicente Arenas Serrano. Como profesor mostró en las aulas y libros, el desvelo por interpretar y mejorar la práctica del Derecho Penal muy profundamente. Entre los libros que recordamos como “Comentarios al Código de Derecho Penal” y recomendaciones sobre Procedimiento Penal o Contravenciones, entre varios de esos títulos, ofreció luces. Demostró que eso no es para mentes calvas. El tema –como diría José Daniel Trujillo, exnotario de Pereira– tiene y saca muchos pelos. Por eso debe ser tratado con más respeto y profundidad.

No aporta hoy el Procurador General de la República Fernando Carrillo, abriendo esos interminables foros públicos y debates inanes sobre la necesaria reforma a la justicia que cae en los errores de la “verbocracia”. Bulle entre las estridencias del populismo. Tanta opinión sobre temas tan especializados, es inicua. Se requiere de una opinión ilustrada, informada, interesada en llegar a una práctica determinante, definitoria y no dilatoria como la que va en tránsito al destino de toda conversación democratera e ilimite. No más lluvia de ideas ignorantes, sobre la materia más importante de la vida real y cotidiana de los colombianos, en este abismo de la toma de formas de justicia personal, por mano propia y sin ninguna regla del juego. Debe ordenarse el diálogo. Comenzando por validar solo opiniones informadas, válidamente competentes, para terciar aquí.

Colombia no se ha tomado en serio su propia historia. Y cuando surgen personajes como Garzón, que enseñaran a reír con sorna y mucho margen de cinismo sobre realidades protuberantes, todo se queda en la burla. Y así, hasta la justicia le aplica esa incredulidad de fondo, riéndose del asesinato (llorado frente al mausoleo y en algunas de sus calles, pero ridiculizado en los estrados judiciales) dejando para la memoria de los colombianos otra gota de ese inmenso mar de la impunidad que lo inunda todo.

Se queda –quizá– en “desparpajo honesto”, y punto. La reforma de la justicia para Colombia ha de ser una formulación congruente de lineamientos que ordenen el despelote, y sin poses de humorismo, remedien las inconsistencias o pongan dique a los mayores defectos que sufre la población: impunidad y prolongación de los defectos para circular en el ojo del remolino que solo deja descrédito, más injusticia y más desconfianza en el propio sistema. Que sirvan y no hagan más ruido.