Walter Benavides Antia
El libro demuestra que la memoria histórica de las sociedades prehispánicas que encontraron los soldados españoles en 1540 no es, bajo ninguna circunstancia, un capítulo folclórico, sino un componente necesario de la identidad regional contemporánea de Pereira y Risaralda.
Expansión del horizonte identitario: rompe la narrativa de la heroica colonización caucana y antioqueña, simbolizada en 1863. Se concibe como un continuo geográfico y territorial que rinde homenaje al burocrático legado administrativo imperial de la Cartago de 1540, y por sobre todo, a las culturas Chamí, Quimbaya y Embera que moldearon, dominaron y amaron de forma absoluta el paisaje durante casi diez milenios de historia humana.
Redefinición antropológica del espíritu cívico: El civismo pereirano, abandona su categoría de invención republicana aislada. Al leer el libro, puede entenderse como el eco moderno de una vocación ancestral por la organización social milimétrica, la gestión sostenible del territorio agreste, la sofisticada logística comercial interregional centrada en el oro y la sal, y la portentosa capacidad de resistencia comunitaria frente a las adversidades naturales, los conflictos internos y las invasiones foráneas.
Desmantelamiento del mito fundacional: Al apoyarse en las crónicas de Robledo, Sarmiento, Sardella y Cieza de León, para probar la densidad poblacional y la sofisticada estructura política de los nativos sometidos a las encomiendas, se desarticula el dañino mito de las «tierras vacías y salvajes» promovido por las élites del siglo XIX. Este ejercicio intelectual nos permite asumir con profundo y sanador orgullo el indiscutible legado del mestizaje genético y cultural.
Reapropiación afectiva del espacio urbano: La geografía física de concreto y asfalto, adquieren, gracias al libro una dimensión histórica. El Cerro del Alto del Nudo, la calle de las Aromas, los puentes de guadua en la entrada al Parque Industrial, la calle 19, el Puente Mosquera y San José, la subida de Bavaria, el Sestiadero, Corocito, el parque la Rebeca, terrenos de Comfamiliar, El Mirador, El salado de Consota, Pindaná de los Cerritos, el Lucy Tejada, o los caminos a Cajamarca o Mariquita a través de la Florida, pasan de ser simples coordenadas, a revelarse como epicentros milenarios de la diplomacia, la alta minería aurífera transandina y los solemnes rituales teocráticos de Tacurrumbí, el indomable Ocuzca, Pindaná y el importante Cacique Consota.
La «pereiranidad» del futuro, jamás volverá a limitarse a mirar con nostalgia hacia el loable empuje económico de la aldea del siglo XIX; se erguirá orgullosa, nutriéndose día a día de la sabiduría ancestral, la majestuosidad arquitectónica, el ingenio comercial y la resiliencia inmemorial de quienes, hace miles de años, fueron los primeros dueños, defensores y forjadores de la vida en las escarpadas y mágicas vertientes del indomable río Cauca.
@walterbenavidesantia7484
