Fabián Henao Ocampo
Ver descender a Shakira de su jet privado el pasado 17 de agosto en pleno corazón del Chocó, acompañada por el empresario y filántropo estadounidense Howard G. Buffett, trascendió con creces la típica visita de una celebridad. Recibida en Quibdó por la gobernadora Nubia Carolina Córdoba y el alcalde local para evaluar los estragos del terremoto y anunciar decisivas ayudas educativas, la escena tuvo la solemnidad de un verdadero acto de Estado. La estampa proyectó una solidez, diplomacia y eficiencia que tanto escasean en la política tradicional, despertando una intuición inevitable en el imaginario colectivo: ante la urgencia, la capacidad de respuesta volvió a tener rostro de mujer y acento colombiano.
Más allá del magnetismo indiscutible de su figura artística, existe en ella un compromiso histórico con el país que merece gratitud profunda. Shakira nunca ha tratado la solidaridad como un adorno mediático; desde muy joven transformó su éxito global en aulas y futuro a través de la Fundación Pies Descalzos, convirtiendo la educación de los sectores vulnerables en su causa vital. Al consolidar hoy su generosidad con la población chocoana y mantener siempre presentes sus vínculos con Pereira y el Eje Cafetero, encarna la inteligencia, la resiliencia y el empuje de nuestra identidad, demostrando un sentido social impecable que se mantiene intacto con el paso de los años.
Pensar en Shakira Isabel Mebarak Ripoll en el poder ejecutivo deja de ser una fantasía para convertirse en una alternativa pragmática. La barranquillera reúne virtudes que cualquier mandatario envidiaría: posee una agenda con los contactos internacionales más influyentes del planeta, goza del afecto genuino de la ciudadanía y ostenta una independencia económica tal que garantiza la mayor tranquilidad pública, pues no tendría necesidad alguna de codiciar los recursos del Estado. Además, ha demostrado una capacidad prodigiosa para multiplicar presupuestos y gestionar megaproyectos sociales con una disciplina gerencial implacable.
La historia ya ha demostrado que estos saltos son posibles. Ronald Reagan pasó de las pantallas de cine a la gobernación de California antes de convertirse en el gran presidente estadounidense de los años ochenta. Transformar ese amor desinteresado por la gente y esa visión internacional en un proyecto de gobierno real es una opción de cambio sólida frente al desgaste de la clase dirigente tradicional. Colombia encontraría en ella a una líder capaz de unir a la nación con la misma maestría con la que conquistó al mundo.
