Por: Rodrigo Tabares Ruiz
Otra vez se repite la historia cuando la ilusión parecía más viva que nunca. El sueño mundialista terminó antes de lo esperado y regresó esa sensación que ha acompañado al fútbol colombiano durante décadas: nos siguen faltando cinco centavos para el peso. Jugamos como nunca, competimos de tú a tú con rivales de alto nivel, pero perdimos como siempre en el momento decisivo.
Esta frase resume décadas de frustraciones. Cada generación parece destinada a romper la barrera, pero termina estrellándose contra las mismas limitaciones. El problema va más allá de buscar un único culpable en el técnico, en un jugador o en una decisión arbitral. Aunque varios de estos actores tienen su cuota de responsabilidad. La eliminación es apenas el síntoma de una enfermedad mucho más profunda: el fútbol colombiano tiene un problema estructural.
Hace años se habla de fortalecer las divisiones menores, pero los resultados demuestran que seguimos improvisando. Se descubren talentos, pero no se forman futbolistas completos. Falta trabajo en la preparación física, en la lectura táctica y, especialmente, en la mentalidad. Los grandes equipos no solo juegan bien; también saben competir cuando la presión es máxima. Nuestros jugadores sufren bloqueos cuando los partidos exigen carácter, serenidad y eficacia.
La otra deuda es la ausencia de goleadores. El país continúa produciendo volantes creativos y extremos de gran calidad, pero escasean los delanteros capaces de convertir una oportunidad en un gol decisivo. En un Mundial no siempre gana el que juega mejor, sino el que aprovecha los momentos clave. Y ahí Colombia volvió a fallar.
Hay que elevar el nivel de la Liga colombiana. Hace tiempo nuestros clubes dejaron de ser protagonistas en los torneos internacionales. Las jóvenes promesas emigran antes de consolidarse. Una selección fuerte difícilmente puede sostenerse sobre una competencia doméstica que pierde nivel año tras año.
La eliminación debe servir para una reflexión seria y no para conformarnos con el discurso de que «se compitió bien». El fútbol no premia las buenas intenciones; premia los proyectos sólidos. Mientras otros países planifican a diez o quince años, Colombia sigue viviendo de generaciones espontáneas y del talento natural de sus jugadores. La calidad del jugador colombiano no está en discusión; lo que está en duda es la capacidad de convertirlo en un proyecto ganador.
Es el momento del recambio, varios jugadores cumplieron su ciclo. Si no se transforman las bases del fútbol nacional, dentro de cuatro años volveremos a escribir la misma columna, con distintas caras, pero con idéntica conclusión: otra vez jugamos como nunca, pero perdimos como siempre.
