Rubén Darío Franco Narváez
El viernes 10 de julio de 2026, el ritmo acelerado del centro de Pereira se detuvo en seco. Sobre el asfalto de la calle 21 con carrera 10, el corazón de Luis Alberto Figueroa dictó su último cierre a los 87 años. Un infarto apagó la vida de este veterano reportero, cuya existencia pareció multiplicada entre el campo colombiano, el rigor militar, las redacciones del Valle y los micrófonos de la diáspora en Estados Unidos.
Nacido en Montenegro (Quindío) en 1940, Figueroa fue un hombre forjado en la adversidad y la audacia. De origen humilde, fue mensajero infantil en Cali y estudiante nocturno en Palmira. Su disciplina militar lo llevó a la Guardia Presidencial, y su vocación de servicio lo convirtió en teniente de bomberos y miembro activo del Club de Leones.
En 1973, de la mano de Rodrigo Lloreda Caicedo, descubrió su verdadera pasión: el periodismo. Se inició en el Noticiero La Voz del País de Cali y gerenció el diario El País en Palmira. En 1985, emigró a Nueva Jersey. Sin hablar inglés, comenzó desde abajo hasta jubilarse tras 18 años en el Hospital Memorial. Allí obtuvo la ciudadanía, se certificó como Notario Público y fue la voz de los migrantes a través de La Voz de Morris y corresponsalías en Nueva York, reportando incluso desde el Giants Stadium.
En 2010, la querencia lo trajo de vuelta a Pereira. No llegó a descansar; se integró a Todelar, a la Asociación Periodistas de Risaralda (PRI) y, adaptándose al nuevo siglo, fundó el portal digital Notieje.com.
Su partida conmovió al departamento. Tras su cremación, el gremio y la academia lo despidieron con honores en la Catedral de Nuestra Señora de la Pobreza. La Universidad Tecnológica de Pereira, en nota de duelo firmada por el rector Luis Fernando Gaviria Trujillo, exaltó su liderazgo, vocación de servicio y su defensa inquebrantable de la libertad.
Luis Alberto se marchó como viven los reporteros de pura raza: caminando el asfalto, respirando el pulso cotidiano de la ciudad y sirviendo con la generosidad intacta de un caballero. Su firma, estampada con tinta de decencia, queda grabada para siempre en las páginas doradas de nuestra historia regional. Su luz seguirá guiando a las nuevas generaciones de cronistas. Paz en su tumba, entrañable colega y maestro de vida.
