Duberney galvis
A las 6:00 de la mañana del 12 de agosto, el transcurrir en la ciudad de Pereira parece suspendido. Son pocos los vehículos en circulación, contadas personas transitan por las vías y andenes, y los habitantes de calle aprovechan para dormir sin quien los haga levantar. Hay pilas de escombros, edificios agrietados, con desprendimientos y desplomados. Es como si la Pereira vieja se hubiera caído. Y los pocos guardas de seguridad que vigilan las edificaciones desde las aceras, ya no lanzan esas miradas de sospecha sobre los escasos transeúntes.
Aunque no salimos en busca de edificaciones caídas. Teníamos como propósito saber de la suerte de la gente. Llegamos a la plaza Bolívar que está acordonada. En la calle 19 a espaldas del Bolívar desnudo ahora se ve un espacio vacío. Era el lugar donde estaba el edificio Santiago Londoño, fue el único que se cayó en esa cuadra. Paradójicamente en el que se ubicó por tantos años la curaduría de la ciudad, encargada de estudiar, aprobar y expedir licencias de construcción.
La vida sigue para ellos, y están solos
Gloría Inés Galvis es una vendedora ambulante de tintos en la plaza Bolívar, todos los días llega a las 4:00 a. m. Se ubica con su carrito al frente del Calzado Bucaramanga en la 19 con 7. Pero el día y hora del terremoto, se había movido al frente, a la sombra de los árboles de mango de la esquina del parque.
Cuando tembló, se quedó inmóvil, sentía que Dios y el árbol del que tantas veces se han desprendido frutos sobre su cabeza, eran la mejor protección. Vio correr la gente hacia el centro de la plaza. Todos gritaban. Las aves revoleteaban. En minutos, frente a sus ojos, el edificio se desplomó levantando una espesa nube de polvo.
Cuando conversábamos, llegaron varios clientes a comprar tinto o café con leche, también preguntan por pan. Ella dice que están intentando conseguir “parva”, así llamaban al pan los abuelos de esta región, pero la ve “muy difícil”.
Nos tocó hacer una pausa por el aumento de la clientela. Al fondo se ven los organismos de socorro que siguen haciendo llamados en busca de vida. Los puños arriba indican silencio sepulcral, esperando que un alma agonizante emita una señal de vida debajo de los últimos escombros.
“Mi esposo también vendía tintos en la 13, en el parque La Libertad…” Su voz me saca de la escena de los rescatistas.
– ¿Vendía? pregunto.
“Sí, le cayó un muro encima del carrito. Está de brazos cruzados. Quedamos mi madre que trabaja en la otra esquina de esta plaza y yo. Y mis hijas sin empleo. Nos toca solos para arreglar la casa. No podemos parar porque la vida sigue, los cobros no se detienen, hay que comer. Y aquí no han venido del Gobierno siquiera a preguntar cómo estamos”.
