Rey muerto, rey puesto.

Carlos Andrés Hernández

Se va Petro. Lo que pudo haber sido, en otrora, un proyecto político prometedor —donde millones de colombianos depositamos la semilla de la esperanza, creyendo en un verdadero cambio para las problemáticas que nos afligen— terminó siendo un completo desastre y desilusión en todos los aspectos. Fue un gobierno derrochón, inclemente con los recursos de los colombianos. Estuvo salpicado desde sus inicios, sin un mínimo de sonrojo, en escándalos de corrupción que tocaron tanto a personas cercanas y familiares del primer mandatario como a su cúpula de gobierno más cercana. Los escándalos y procesos judiciales dejaron como saldo al hijo del presidente, varios ministros, directores de departamentos, consejeros, secretarios de primera línea y jefes de unidades: en la cárcel, exiliados o judicializados. Y esto sin contar los últimos escándalos de corrupción, despilfarro y derroche que involucran a amigas, amigos y la ex primera dama Verónica Alcocer. Muchos catalogan a este gobierno como el más corrupto de la historia reciente de Colombia, superando escándalos como el proceso 8 mil, Odebrecht o agro ingreso seguro.

Lo más triste de este oscuro capítulo en la historia política, no es el desgobierno, la deficiencia del manejo de lo público o el atraco a las arcas del estado; es el tiempo perdido que no volverá, la crisis que se acrecienta en diferentes temas, es la desesperanza de un pueblo sufrido, que creyó y confió que sus mandatarios podrían aligerar su camino en medio de las dificultades, es la incredulidad y la repugnancia que genera cada vez más la clase política de este país, de lo que pudo ser y nunca fue, flor de un día. ¿Qué le contaremos a las nuevas generaciones, sobre lo sucedido?, donde muchos tenemos culpa, por haber creído en un futuro mejor.

Es un gran reto para el nuevo gobierno y el presidente Abelardo. No solo por las condiciones en que recibe al país —crisis de seguridad, de salud, finanzas públicas con un enorme déficit y la olla raspada, como ha evidenciado la Contraloría en estos días—. También esperamos que tenga siempre los pies bien puestos en la tierra, y muy latente el espejo cercano de su antecesor: un rey muerto que refleja las consecuencias del ego y la vanidad, de la fiebre que produce la hibris. El poder embriaga, y si no se controla, autodestruye. ¿Qué lleva a un mandatario a dejarse seducir por el poder, a perder la cordura, la visión y los sentidos? ¿Qué lo lleva a embriagarse con sus mieles, a desconocer la realidad, a perder el miedo a la muerte o a la fatalidad? Muchos que se dejan embriagar por sus jugos, por la vanidad y el ego del poder, pierden las proporciones de la realidad, la medida y la distancia. Creen alcanzar el clímax, el nirvana, la realización, el estado ideal superior. Pero cuando despiertan de su sueño, de su resaca, de su embriaguez, poco a poco esa embriaguez los lleva a su fin: al caos, al declive, a su propia traición.

Por eso pedimos al supremo, que al nuevo gobierno le vaya bien, por el bien de los colombianos y sea iluminado en esta titánica odisea con prudencia, sabiduría para gobernar, enalteciendo la espada y el escudo de la justicia, los principios y los valores que siempre han de perdurar, Amén.

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