Religión y política (4/6)

Iván Tabares Marín

“Una teoría se convierte en teología cuando entra a formar parte de un compromiso político subjetivo”, escribe Slavoj Zizek en su libro Ateísmo cristiano (2025). Zizek es un filósofo comunista esloveno. La cita es perfecta para explicar el fanatismo de los izquierdistas. Su ideología es su doctrina religiosa que se confunde con la doctrina comunista: creen en Gustavo Petro e Iván Cepeda, como los católicos en el papa León XIV. Zizek va más allá: “para convertirse en un verdadero materialista dialéctico, uno debe pasar por la experiencia cristiana”.

Agrega Zizek: “Hay razones para elegir el cristianismo, pero estas razones solo aparecen después de haber tomado la decisión, (…) lo mismo ocurre con el marxismo”. Esa idea la he manifestado con otras palabras: tú no escoges tu religión o la ideología comunista, sino que te obligan a creer en ellas mediante el adoctrinamiento sin razones en la familia o en el colegio, respectivamente. 

Para comprender mejor las analogías existentes entre religión y política comunista, comparemos la experiencia de los primeros cristianos con la de los colombianos que adoran a Gustavo Petro. Pensemos en la impresión de quienes escuchaban los mensajes o leían las cartas de san Pablo en Turquía o en Grecia. Eran esclavos o personas muy pobres extasiadas ante las promesas de un cielo eterno, la libertad, la hermandad y un cambio total de su vida de frustraciones por un Cristo redentor que resucitó y volverá a juzgar a los malos.

Comparemos con las promesas de Petro o Cepeda: igualdad para todos, no más políticos corruptos, la paz total con los criminales, un incremento salarial nunca visto de un 20 por ciento por encima de la inflación, la reforma al sistema de salud que era saqueado por las EPS. “Ah, qué dicha, qué felicidad la llegada de un nuevo redentor, por fin veremos a Uribe ‘paraco´ en la cárcel, el responsable de 4.600 falsos positivos y creador del sistema de salud”

Pasar de las promesas de Pablo a las de Gustavo Petro fue tan fácil que diez millones de cristianos lo eligieron, y tres millones más votaron por el amigo de las guerrillas incapaz de improvisar un discurso y lector de lo que sus camaradas le escriben porque no conoce otra filosofía distinta a la que le enseñaron en la Universidad de Sofía, capital de Bulgaria. Un presidente comunista es todo un acontecimiento que cambia nuestras vidas para los ingenuos seguidores de Jesucristo. Es la pascua o el retorno del Espíritu Santo. ¡Qué felicidad!

En esta perspectiva, dos son nuestros problemas fundamentales: la religión cristiana y la organización criminal de la izquierda internacional. Mientras no entendamos esta conexión o paralaje –como la llama Slavoj Zizek– la izquierda volverá al poder hasta lograr lo mismo que ha hecho en Nicaragua, México, Cuba, Venezuela y Corea del Norte: miseria, corrupción y dictadura. La mala noticia es la llegada de un nuevo gobierno de fanáticos cristianos que sin duda favorecerá, sin quererlo, al comunismo.

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