Por: Rodrigo Tabares Ruiz
El terremoto no solo derribó y agrietó edificios, casas y apartamentos. También se llevó la vida de más de un centenar de personas y, con ellas, sueños, proyectos y esperanzas construidos durante años. Hay pérdidas que se pueden calcular en pesos, pero existen otras que ninguna estadística logra dimensionar: el miedo, la angustia, el duelo y la sensación de que, de un momento a otro, aquello que considerábamos seguro dejó de serlo.
Se escucha con frecuencia que “lo material se recupera” y que lo importante es estar vivos. Es cierto, pero no suficiente. Perder los muebles, los objetos familiares, las fotografías, los recuerdos o el lugar donde durante años se construyó una vida también duele. Para muchas familias, regresar a casa ya no significa volver al refugio de siempre, sino enfrentarse a una estructura deteriorada que les recuerda lo ocurrido.
Por eso, reconstruir a Pereira no puede significar únicamente reparar paredes, edificios y vías. También debemos reconstruirnos emocionalmente. El impacto psicológico de una tragedia de esta magnitud puede durar mucho más que las réplicas. El miedo, la incertidumbre y el duelo pueden permanecer cuando las cámaras se marchan y la atención pública comienza a disminuir.
Cada persona afronta los acontecimientos de manera diferente. La historia personal, la crianza, las experiencias anteriores y la forma particular de reaccionar ante las amenazas influyen en la manera como se procesa una tragedia. Como explica el psicólogo clínico Camilo Espinosa, haber vivido anteriormente un desastre, tener mayores niveles de ansiedad o haber crecido en ambientes donde las amenazas eran frecuentes puede modificar la respuesta emocional frente a un terremoto.
Por eso, la ayuda a los damnificados debe ir mucho más allá de proporcionar techo, comida y elementos básicos, aunque estos sean urgentes e indispensables. También se necesita acompañamiento psicológico, atención psicosocial y espacios para elaborar el duelo.
Hay que reconocer, además, a quienes han entendido que reconstruir es una tarea colectiva. Voluntarios que recogen escombros, vecinos que ayudan a sus vecinos, familiares que acompañan, profesionales que ofrecen sus conocimientos y ciudadanos que comparten lo que tienen están aportando algo invaluable: esperanza.
Pereira conoce los golpes de la naturaleza. Pero también conoce el civismo y la solidaridad. Después de cada tragedia, esta ciudad ha encontrado fuerzas para levantarse. Ahora necesitamos hacerlo nuevamente. Pero reconstruir la confianza, la tranquilidad y la esperanza será igualmente urgente. Sin embargo, la solidaridad ciudadana necesita una respuesta institucional a la altura.
Porque una ciudad verdaderamente reconstruida no es aquella donde vuelven a levantarse sus paredes, sino aquella donde sus habitantes vuelven a sentirse seguros, acompañados y capaces de soñar.
