CARLOS PATIÑO
Cerca de dos meses han transcurrido desde el terremoto que sacudió a Risaralda y dejó una huella profunda en sus municipios, especialmente en Pereira y Dosquebradas. Después de las horas de emergencia, de las evaluaciones de daños, de las ayudas inmediatas y de la atención a las familias afectadas, comienza ahora una etapa que, aunque menos visible, será determinante: la planeación de la reconstrucción.
Reconstruir no puede significar simplemente reparar paredes, reemplazar techos, recuperar vías o levantar nuevamente aquello que el terremoto derribó. La verdadera reconstrucción debe preguntarse qué ciudad queremos tener después de esta emergencia y, sobre todo, qué aprendimos de ella.
Pereira y Dosquebradas enfrentan un desafío que trasciende la recuperación física de sus edificaciones. Se trata de revisar cómo están creciendo sus territorios, dónde se encuentran las zonas de mayor vulnerabilidad, cómo funcionan sus sistemas de movilidad y cuáles son las condiciones de las familias que hoy esperan recuperar algo tan básico como la tranquilidad de volver a casa.
Por eso, estos primeros meses no pueden entenderse únicamente como el tiempo transcurrido desde el desastre. Son también el comienzo de una oportunidad para tomar decisiones de largo plazo.
La planeación de la reconstrucción debe ser rigurosa, transparente y participativa. No basta con disponer recursos y ejecutar obras. Será necesario establecer prioridades, definir cronogramas realistas, coordinar a las diferentes entidades públicas y garantizar que las decisiones respondan a estudios técnicos y a las necesidades reales de las comunidades.
En Pereira y Dosquebradas, además, existe un elemento que no puede perderse de vista: sus problemas territoriales no terminan en los límites administrativos. La movilidad, los servicios públicos, la gestión del riesgo, la infraestructura y el crecimiento urbano tienen una dimensión metropolitana. Por ello, una reconstrucción pensada de manera aislada podría desaprovechar una oportunidad histórica para fortalecer la articulación regional.
El reto, entonces, no consiste solamente en reconstruir lo que se perdió, sino en corregir aquello que antes del terremoto ya requería atención.
Porque dentro de algunos años nadie debería recordar estos meses únicamente como el periodo posterior al terremoto. Deberíamos poder mirarlos como el momento en que Risaralda decidió planear mejor, construir con mayor seguridad, ordenar su territorio y fortalecer su capacidad para enfrentar futuras emergencias.
