Reconstruir el Alma

Padre Pacho

Tercera Parte

Finalmente, después de revivir, resignificar y ritualizar, tres momentos que, hemos analizado en los artículos anteriores, aparece la resolución, pero debemos entender correctamente lo que significa. Resolver no es regresar exactamente a la persona que éramos antes del terremoto; probablemente eso sea imposible. Tampoco significa que un día despertaremos y mágicamente todo habrá desaparecido. Hay experiencias que dejan cicatrices, y una cicatriz contiene una profunda enseñanza: demuestra que hubo una herida, pero también demuestra que esa herida comenzó a sanar. Resolver significa encontrar nuevas fuerzas para continuar; volver a proyectarse, volver a confiar, volver a trabajar, volver a entrar en una casa, volver a celebrar, volver a dormir, volver a sonreír y, sobre todo, volver a soñar.

Por eso necesitamos urgentemente equipos de escucha y esperanza: hombres y mujeres preparados para sentarse junto al dolor sin juzgarlo; personas capaces de escuchar antes de responder; personas que comprendan que algunas heridas necesitan acompañamiento espiritual y otras requieren también atención profesional en salud mental; personas que entiendan que la psicología y la fe no tienen por qué ser enemigas, sino que pueden encontrarse profundamente cuando ambas están al servicio de la dignidad humana. La psicología puede ayudarnos a comprender nuestras heridas, la comunidad puede impedir que tengamos que atravesarlas solos y la fe puede ayudarnos a descubrir que, a pesar de todo, nuestra historia sigue abierta.

Quizá este sea el gran desafío pastoral que comienza ahora para nuestra Iglesia de Pereira. Durante las primeras horas tuvimos que rescatar vidas. Durante los primeros días tuvimos que alimentar, albergar, proteger y acompañar. Ahora comienza una tarea posiblemente más silenciosa y mucho más larga: reconstruir el corazón de nuestra gente. Habrá que reconstruir viviendas, templos, empresas, negocios y calles, pero también tendremos que reconstruir la confianza, los vínculos, los proyectos, la seguridad interior y la esperanza.

Tal vez después de este terremoto nunca volvamos a ser exactamente los mismos. Pero eso no significa que tengamos que quedar destruidos. Podemos convertirnos en una comunidad más consciente de su fragilidad, más sensible al sufrimiento de los demás, más solidaria, más humana y también más creyente.

Porque la esperanza cristiana no consiste en negar las ruinas ni en fingir que nada ocurrió. La esperanza cristiana consiste en mirar las ruinas y, aun con lágrimas en los ojos, creer que allí todavía puede comenzar algo nuevo.

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