Reconstrucción espiritual

(Pbro.  Diego Augusto Arcila Vélez)

En la zona del terremoto estamos en plena tormenta; la calma tardará en llegar. Sentimientos como la angustia, el miedo y la incertidumbre ante un presente y un futuro mejor, unidos a la pérdida de centenares de vidas, de proyectos humanos y de tanta miseria material, nos hacen pensar con urgencia en una “reconstrucción espiritual”. A la par de la material, la espiritual es clave: reencontrar el sentido de la existencia, vencer los temores y aferrarnos con valentía a la divinidad, es prioritario.

Son muchas las concepciones de Dios, de fe y de religión que existen en estas regiones azotadas por este fenómeno natural, más lo que sí debemos buscar todos, sin distinción alguna, son caminos espirituales que nos fortalezcan, nos animen y nos levanten en estas horas sombrías y difíciles. Jesús de Nazaret es la mejor opción; en Él podemos anclar nuestras angustias, nuestras familias y nuestra vida. Jesús es bálsamo y presencia real de amor y de ternura.

Cuando el mar sacudía con fuerza la barca de los apóstoles, se apareció y les dijo: “No teman, yo estoy con ustedes”. Cuando llevaban a enterrar al hijo de la viuda, detuvo el ataúd y lo devolvió sano a su madre, que lloraba inconsolable. A Lázaro le dijo: “Sal fuera”. Al paralítico: “Levántate y anda”. Y al hijo del soldado romano lo sanó y lo levantó de la cama. Son muchos los ejemplos bíblicos que nos aseguran que Jesús, el Hijo de Dios, tiene poder para sacarnos de las peores tristezas, depresiones, incertidumbres y males.

Busquemos a Dios en las Sagradas Escrituras, oremos en familia en estos días, visitemos nuestros templos, o donde los sacerdotes celebremos de manera segura ante la pérdida de los mismos. Unamos nuestro corazón al corazón de Cristo y clamémosle que hoy, más que nunca, lo necesitamos; lo queremos en nuestros hogares, en los sitios de acopio donde están nuestros damnificados y en las oraciones por quienes han partido a la casa de Dios o han quedado bajo los escombros. Necesitamos ser un solo corazón, unidos en la esperanza, para que Dios ilumine a nuestros gobernantes y los motive a colaborar materialmente en la pronta reconstrucción de nuestras ciudades, pueblos y veredas.

La Iglesia Católica, como seguramente muchas otras confesiones, está en pie: ayudando, socorriendo, orando, dando luz y paz desde Jesucristo el Señor. Con los templos caídos, pero tendiendo las manos a nuestros hermanos. Agradecemos a Monseñor Nelson Jair Cardona Ramírez, nuestro obispo, por pensar primero en los pobres; a los sacerdotes, diáconos y comunidades, por estar al frente del cañón, consolando. Y una mención y agradecimiento especial a todos los obispos de Colombia por su presencia en estos momentos. Después de la tormenta vendrá, sin duda, la calma, de la mano de Dios y de los corazones generosos de buena voluntad.

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