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lunes, julio 15, 2024

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Alfonso Gutiérrez Millán

Columnista

En el seno de la comunidad académica de politólogos todavía se recuerda “Orden mundial”, tal vez el único libro de Henry Kissinger: quien durante el gobierno del reaccionario e inescrupuloso Richard Nixon desarrolló la más imaginativa y audaz política exterior que tuvieron los EE.UU. en el siglo pasado.

Inspirado en la doctrina del “equilibrio de poderes” del canciller austríaco Metternich; que sirvió de sustento a la política internacional europea desde la caída de Napoleón hasta la primera guerra mundial, Kissinger logró que un gobierno ultraconservador reconociera el “imperio del mal” de los comunistas chinos, negoció la paz con Vietnam y pactó con la Unión Soviética sobre limitación de armas atómicas estratégicas.

Kissinger entiende que se le clasifique de pragmático, pero afirma que su “real politik” no significa que carezca de sólidos ideales. Sostiene que los grandes cancilleres europeos realizaron acciones contradictorias con las doctrinas políticas o morales que profesaban; pero al final lograron excelentes resultados para sus respectivos países, y especialmente para la causa de la paz. Un ejemplo de ello sería el cardenal Richelieu, quien, durante la llamada guerra de “los 30 años” pactó con los protestantes alemanes, y obtuvo la paz para una Europa que estuvo inmersa por más de 100 años en guerras religiosas.

Kissinger afirma que los intereses de un país están por encima de la lealtad a una ideología, a un régimen o a un individuo. Y cita al canciller francés Talleyrand, quien, al ser acusado de indoctrinario e inmoral, respondió: “Es verdad que siendo obispo católico voté la muerte de un rey católico… que serví a diversos regímenes como el de los Jacobinos, el de Bonaparte, a la restauración borbónica y a Luis Felipe de Orleans. Pero mis detractores olvidan que ¡Jamás dejé de servir a Francia!”.

¿Serviría lo anterior para justificar la fuga de tipos como Benedetti, Roy Barreras o “lupe” Pérez hacia las toldas petristas?. Lo dudo muchísimo, por una sencilla razón, para traicionar ciertos ideales, primero hay que haber luchado por ellos. Y estos manzanillos jamás se han ocupado de algo distinto a mantener sus curules. 

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