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martes, marzo 5, 2024

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Héctor Tabares Vásquez
Columnista

Son innumerables las situaciones engorrosas por las cuales atraviesa el universo y desde luego, afectando seria y peligrosamente la vida del género humano. El confinamiento conduce imperativamente a la ocupación permanente de la mente, no solo en atención a la obligatoriedad del no desplazamiento o de la existencia normal, sino en cuanto a la necesidad de impedir un pensamiento malsano y maligno, indicativo de una cercana depresión. Y en esas divagaciones o distracciones buscando la entretención, suele encontrarse el hombre con aquellas tesis o teorías alrededor del futuro del globo terráqueo.

En medio de las tantas fisuras halladas en el ambiente, apuntan, en particular, a la miseria, la pobreza en su máxima expresión extensión y consecuencias. Los problemas del cambio climático incluyen la posible escasez de comida y de alimentos, poniendo un plazo tentativo de diez años, tiempo en que la hambruna estaría en capacidad de reducir a los pobladores de todos los continentes. Pero al margen de esta coyuntura, más próximo e inmediato, apremia el tema de la migración, creando un incentivo mayor en el incremento de los males de la época. Como resultado de las variaciones en la atmósfera, apenas explicables las tormentas y los huracanes pasados, siendo víctimas de lo sucedido en San Andrés y Providencia. Tomando ese único aspecto a manera de punto de referencia, es cuando surge la inquietud latente en lo atinente a nuestro hemisferio, el país y la región. Somos unos privilegiados en materia de fauna, flora y el hábitat en el cual nos desenvolvemos. Poseemos rica y exuberante naturaleza donde las montañas, los ríos, las zonas forestales abundan y caracterizan un ámbito envidiable.

Y esa riqueza inmensa, es apetecida y deseada en numerosas partes y en gentes de diversos los pelambres. No es una falacia hacer mención a los conceptos y opiniones de las personas visitantes de la patria y del eje cafetero, en cuya afirmación y apreciación resumese la intención de convertirse en conciudadanos. Aterrizando la cuestión en la comarca, tampoco es un secreto aludir a la forma acelerada de progreso y de evolución en el territorio, considerándose la ciudad verdadera metrópoli, un lugar predilecto para vivir y disfrutar. Y si los hechos contemplados, empujan a muchedumbres a abandonar los sitios de asiento, en virtud de fenómenos anotados, apresuran los movimientos itinerantes y quienes llenan aquellos espacios al nivel del mar o de los arroyos y salen precipitadamente en la búsqueda de un paraje seguro, precisamente escogiendo montes en vez de llanuras, es lógica la congestión de los reductos propios y las disminución de los servicios, la salud, la educación, tendrán un reto de inconmensurable deferencia.

Y la pregunta a flor de labio, no es diferente a la de si contamos y tenemos la suficiente preparación, en el evento de la oleada o marcha masiva hacia las laderas. Se darán o no las oportunidades adecuadas y los instrumentos de toda índole en el cometido de salvaguardar lo privativo y compartir en una arremetida foránea. A estas alturas, transcurridos muchos ciclos, todavía MALTHUS, el ilustre anglicano, demógrafo y analista, incomodan sus hipótesis e impele a recapacitar, allende el temor y la ansiedad. Vuelve a jugar papel importante la relación entre el crecimiento ilimitado de la población y de los recursos en aras de sobrevivir. En igual sentido, no es ético negar un pedazo de trecho a quien lo requiere y menos aún reprimir la circulación del individuo y el derecho a la exploración de un perfil distinto de supervivencia. Imposible dejar de percibir y de advertir el enorme incordio evidente y a las puertas de transformarse en la nueva bandera a ondearse en el mundo civilizado.

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