¿Por qué he estado tan callada en redes?

Lina Arango

“Agosto nos dio un sacudón a los pereiranos que no solo movió la tierra: movió certezas, silenció voces y dejó expuestas verdades que muchos preferían ignorar” L.A Desde el terremoto he estado callada, no por falta de opinión, sino porque el ruido emocional y técnico de lo que ocurrió exige una pausa honesta. El terremoto dejó en evidencia tantos vacíos de planeación que desde hace años algunos ciudadanos —sensibles a la responsabilidad territorial, la transparencia y el desarrollo regional— veníamos alertando. Pero esas alertas fueron estigmatizadas: “enemigos del desarrollo”, “ambientalistas radicales”, “conflictivos”. Pedir que no se construya en zonas protegidas, que se respeten las distancias de las cuencas hídricas, que se siembren y se protegan los árboles, que se cumplan las normas de construcción, que se piense en ciudades caminables y respetuosas de la naturaleza… todo eso fue tratado como un capricho, no como lo que realmente es: gestión del riesgo y desarrollo. Hoy, después del terremoto, esas discusiones ya no son ideológicas: son técnicas. Son parte de la ciencia de la prevención. Y sin embargo, quienes las defendimos cargamos el peso de haber sido ridiculizados. “Putas ecópatas”, les dijeron a unas señoras que cuestionaron la tala de árboles y la improvisación en la planificación de la obras viales. A mí me han dicho “cansona”, “mamerta”, “intensa” por hablar de riesgos de corrupción en infraestructura, “envidiosa” por denunciar abusos de concesiones viales que basan sus ganancias en peajescaros y a cortas distancias, o “quiere llamar la atención” cuando señalo sobrecostos y desvíos de recursos hacia proyectos que no responden a prioridades urbanas ni sociales. Ese lenguaje no es anecdótico: es un mecanismo de silenciamiento. Es la forma en que se deslegitima la vigilancia ciudadana para mantener intactas estructuras de poder que hoy, paradójicamente, serán las encargadas de administrar los recursos de la reconstrucción. Mi silencio también tiene una dimensión emocional. El terremoto activó un duelo territorial profundo. Ver caer edificios que hacían parte de nuestra memoria colectiva, ver grietas en los barrios que nos formaron, ver la ciudad herida… todo eso afecta la salud mental de manera real y medible.¿Estará este componente en las prioridades de la recosntrucción? ¿Se valorará la cultura y el deporte como un mecanismo de cohesión ciudadana? El trauma colectivo no es un concepto abstracto: es una respuesta psicológica compartida que altera la percepción de seguridad, la confianza institucional y la capacidad de proyectar futuro. Y en ese contexto de mergencia, hablar —sobre todo hablar de corrupción, planeación y transparencia— ya no se siente fuera de lugar. Por días pensé que mi lucha no servía para nada frente a la magnitud de la emergencia. Sentí que debía ser bombera, ingeniera, enfermera, cualquier cosa que pudiera ayudar de manera inmediata. Pero el silencio también sirve para pensar porque la reconstrucción no será solo técnica y emocional: será también ética. La transparencia será determinante para que la solidaridad de miles de personas no se pierda en sobrecostos, contratos opacos o decisiones improvisadas. La planeación urbana responsable será clave para que no cometamos errores que aumentan la vulnerables en un territorio que siempre tendrá el riesgo del temblor.

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