Guillermo Gutiérrez Morales
Las periferias urbanas suelen ser vistas como los bordes de la ciudad: territorios alejados del centro, asociados a la informalidad, la pobreza o la ausencia estatal. Sin embargo, esta mirada resulta insuficiente y, en muchos casos, injusta. Las periferias no son únicamente espacios de carencia; son también escenarios donde se construyen formas de resistencia, solidaridad y nuevas maneras de habitar la ciudad.
En Pereira y en muchas ciudades intermedias de Colombia, las periferias reflejan las contradicciones de un crecimiento urbano acelerado y desigual. Mientras algunas zonas concentran inversión, servicios y oportunidades, otras se expanden con limitaciones en infraestructura, movilidad, equipamientos y acceso al espacio público de calidad. Buena parte de estos territorios han sido habitados por familias desplazadas, trabajadores informales o comunidades que encontraron allí la única posibilidad de construir un hogar y permanecer cerca de la ciudad.
Sin embargo, reducir estos sectores únicamente a problemáticas sociales sería desconocer la riqueza humana y cultural que contienen. En barrios periféricos surgen procesos comunitarios, liderazgos sociales, economías populares y prácticas culturales que mantienen vivo el tejido social. Allí todavía existen relaciones vecinales, redes de apoyo y formas de apropiación colectiva del espacio que muchas veces se han debilitado en los sectores más consolidados de la ciudad.
Las periferias también representan territorios de memoria y transformación. En ellas conviven herencias rurales, dinámicas urbanas y nuevas formas de organización social que cuestionan la idea tradicional de ciudad. Son espacios donde se evidencia la capacidad de las comunidades para adaptarse, resistir y producir territorio incluso en condiciones complejas.
El desafío actual no consiste solamente en intervenir físicamente estos sectores con obras o infraestructura. También implica reconocer a sus habitantes como actores fundamentales en la construcción de ciudad. La planificación urbana no puede seguir realizándose únicamente desde los escritorios o desde la lógica del mercado inmobiliario; necesita incorporar las voces, necesidades y conocimientos de quienes habitan estos territorios diariamente.
Hablar de periferias es, en el fondo, hablar de justicia territorial. La desigualdad urbana no se resuelve únicamente llevando servicios a los márgenes, sino construyendo una ciudad más equilibrada, donde el acceso a la cultura, la movilidad, el paisaje, la educación y el espacio público no dependa del lugar donde se nace o se vive.
Quizá el mayor error ha sido pensar la periferia como un problema lejano al centro. En realidad, las periferias son el reflejo de las decisiones colectivas sobre cómo crecen nuestras ciudades. Una ciudad verdaderamente democrática será aquella capaz de mirar sus márgenes no con indiferencia o estigmatización, sino como espacios de posibilidad, dignidad y transformación compartida. *Docente Universidad Católica de Pereira
