Ernesto Zuluaga Ramírez
No sé si tengo la edad necesaria para alcanzar a ver mi ciudad levantada de los escombros. Es tal la dimensión del desastre que nos tocó vivir en este agosto de 2026 que demoraremos muchos años en recuperarnos. No por falta de coraje, ni de fortaleza. Somos un mosaico extraño de paisas y caucanos, de indígenas y negros, de colombianos y de foráneos.
Los pereiranos tenemos un temple singular producto de esa mezcla que se amalgama con la viveza de los antioqueños, la amabilidad de los vallunos, el tesón de las culturas extranjeras que se asentaron en estas tierras y el estoicismo de las minorías étnicas.
Lo del «civismo» es una marca indeleble que se forjó en lides pretéritas en las que tuvimos que luchar solos, contra el centralismo de Manizales y de Bogotá. «Sin fuerza extraña que agradecer» nos hicimos grandes en la Colombia del siglo XX y concebimos el trabajo como la herramienta del desarrollo. Pero siempre bajo la bandera de la solidaridad. Nos moldeamos con convites y con esfuerzomancomunado en el que hicimos caso omiso de distinciones de raza, credo oposición social. Por eso somos una sociedad que recibe con los brazos abiertos al que nos visita y al que quiere participar de nuestra prosperidad: «Aquí no hay forasteros, todos somos pereiranos». Además, somos alegres y felices por naturaleza, una particularidad que se desprende de tener uno de los climas másencantadores del país, los paisajes más verdes y maravillosos y una rica diversidad biológica, envidia del planeta.
Con todos estos atributos podemos esperar lo mejor. Claro que nos levantaremos, pero iremos más allá, volveremos a fulgurar en el horizonte patrio y nos reconocerán por nuestra resiliencia y tenacidad.
Pero no por guapos debemos permanecer callados. Hay que pedirle y exigirle al gobierno nacional que nos acompañe, que no nos deje solos, pero que no nos dé limosnas, que saque adelante el tren de alta velocidad que nos conecte con Cali, nuestra socia natural, la otra gran urbe afectada por la naturaleza. Pidamos cosas grandes y no migajas.
¡A trabajar pues, que lo estamos haciendo bien!
En medio del dolor y del sufrimiento surgen muchas buenas intenciones, pero no podemos perder tiempo para tomar grandes decisiones.
Antes de terminar el año es urgente e imperativo que el Concejo municipal modifique el POT y apruebe el congelamiento de los predios que tienen afectación directa por causa de Egoyá, antes de que los intereses económicos de unos pocos hagan el lobby necesario para evitar la medida y los pereiranos volvamos a repetir la fatídica historia en unos cuantos años. Claro que volverá a temblar. Y duro. Pereira está ubicada en medio de grandes fallas geológicas y en una de las zonas más sísmicas del globo terráqueo. Cada 10/20 años tendremos un encuentro difícil con la naturaleza y es perentorio e impostergable que tomemos decisiones futuristas. No es solo reforzar el cumplimiento del código de construcción y las normas de sismo resistencia sino planificar bien la ciudad.
El alcalde está en la obligación de actuar con celeridad porque las acciones que todos emprenderemos desde ahora para recuperar a Pereira tienen que encajar y ser acordes con lo que queremos que sea la ciudad en las décadas siguientes.
Dejemos atrás la utopía del Parque San Mateo y embarquémonos en el nuevo Parque Lineal Egoyá. Tal vez yo no alcance a verlo, pero seré feliz con saber que es un proyecto en marcha. ¡Vamos Pereira!
