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miércoles, febrero 28, 2024

Pensando en voz alta

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Jaime Bedoya
Columnista

*Eutanasia. El gran Pacheco no será inmortalizado por sus geniales formas de presentar espectáculos. La historia lo puso en un altísimo pedestal por su movimiento, “el derecho a morir dignamente” que impulsó con decisión. Se adelantó a la vigencia de la eutanasia y al aborto terapéutico, tan necesarios en momentos de crisis, cuando las personas no tienen ninguna posibilidad de salir adelante.

Del griego eu (bueno y Thanatos, muerte). Es la buena muerte, no un asesinato, como dicen los falsos moralistas, que no salen a protestar cuando algún criminal, por simple ojeriza, se arroga el derecho de eliminar a otro.

Que Dios es el único dueño de la vida y nadie más puede disponer. ¿Sí? Y, entonces por qué no dio al paciente una existencia digna de vivirse y gozarse y, sí, en cambio, le puso una enorme cruz sobre sus espaldas, en la cual también se crucifica a toda la familia.

Que Dios te manda pruebas para examinar tu fidelidad y porque en el sufrimiento te vas santificando. Pero, qué clase de Dios, al que llamamos padre bueno, es ese que se regodea en el sufrimiento de sus hijos. No, inaceptables por donde se miren esos argumentos. O, será que como dijo Descartes, si Dios hizo este mundo, le pasa lo del relojero al reloj: que una vez lo fabricó y salió de sus manos, ya no sabe dónde está. En otras palabras, o no quiere o no puede remediar nada. Cuando me hago estas reflexiones me vienen a la mente tres canciones, profundas y desafiantes: Tormenta, del inolvidable Francisco Canaro; Mi mala estrella, de nuestro coterráneo, El Caballero Gaucho, y Rebeldía, pasillo ecuatoriano muy popular. Vale la pena escucharlas una y otra vez.

**Quienes rechazan el impuesto solidario ganan mucho más de 10 millones de pesos y hay que oírles sus discursos contra este estado de cosas y sobre la necesidad de cambiar paradigmas. Predican, pero no aplican. El impuesto no debe ser transitorio como lo presentó el presidente, sino permanente porque esa cifra es dinero suficiente para vivir con dignidad. Tampoco me gustó que hubieran excluido militares de alta graduación, cuyos sueldos son muy jugosos, lo mismo que los dirigentes de la empresa privada con emolumentos astronómicos.

Alguna vez, creo que fue en una semana santa, escuché esta bella reflexión, que debería ser faro de toda la especie: “La indiferencia es la muerte lenta de la humanidad”.

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