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domingo, abril 21, 2024

PENSANDO EN VOZ ALTA.

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“Tanto amó Dios al mundo que envió a su único hijo para salvarlo”. No sé si es exacto. He reflexionado sobre la afirmación y por ningún lado me cuadra ese amor a la bestia humana sacrificando al hombre más grande de la historia. Dizque somos hechos a imagen y semejanza de Dios. Entonces, o quedamos mal hechos o ese Dios es muy malo porque nuestra especie, con contadas excepciones, deja cuestionamientos: ambiciosa, rencorosa, envidiosa, viciosa, mata por odio, desplaza, asesina y acapara. 

Sé la respuesta: Dios, te ama tanto que te hizo libre de hacer lo que quieras. Ese dispositivo retórico, fruto de la incapacidad de demostrar que Dios, o no existe, o no tiene nada qué ver con el mundo, se agotó porque la realidad nos desborda. Dónde está Dios, preguntan los creyentes ante las atrocidades en Ucrania, cometidas por otro pueblo creyente. Qué hace Dios por la martirizada Palestina tierra de Jesús, destruida sin cuartel por el llamado pueblo escogido; o por qué no frena a los terroristas de Hamás, causa eficiente de la desmedida intervención de Israel. 

Ahora bien, Dios sabía que a su amado santo e inocente nunca le harían caso. Había habido grandes mensajeros antes de Jesús: Isaías, Daniel, Juan El Bautista a quienes no les pararon bolas. Qué hacía pensar a ese Dios, reinante en la cúspide de la bóveda celeste que su hijo podría enderezar el camino de la maldad. Era imposible convertir con oraciones a los escribas, fariseos y clérigos todos al servicio del imperio romano. 

De otra parte, no me convence del todo que, ante los extraordinarios milagros de Jesús: resucitar muertos, levantar paralíticos, expulsar demonios sanar ciegos y leprosos, adivinar la vida de la gente (diálogo con la samaritana), caminar sobre las aguas, multiplicar los panes y vivir como un paria, esa gente no se hubiera organizado multitudinariamente para defenderlo. O, ¿sería que tales milagros no los hubo?  Si hoy apareciera alguien obrando semejantes prodigios, lo defenderíamos aun con nuestra propia vida.

En todo caso, no creo en ese amor porque un padre bueno, por más interés que tenga en salvar a unos bandidos del barrio vecino, no manda a su hijo inocente, solo y sin más armas que la predicación. Menos creo en el libre albedrío porque, si delego la administración de mi hacienda en uno de mis hijos, sabrá que es para beneficio suyo y demás familia. Así que, al menor asomo de abuso, lo destituiré, retomaré el mando o lo delegaré en otro con la misma finalidad, pues mi amor es para todos por igual. 

Con respecto a la salvación, sé de las debilidades humanas y por lo mismo creo que si existe otra vida, esa sí de sabrosura eterna, tenemos que alcanzarla, a pesar de todo, pues, Dios ha de responder por qué nos hizo tan mal. Frente a Él, somos como una especie de incapaces ante los cuales responde nuestro padre.

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