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viernes, marzo 1, 2024

Paz integral, aún lejana

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Jaime Cortés Díaz

Columnista

La violencia no cede, por el contrario se incrementa en la geografía colombiana. El conflicto se expandió con organizaciones nuevas, otras “recicladas”; reclutamientos primigenios que incluyen menores de edad (en gran parte forzados); jefes intermedios que se convirtieron en cabecillas; cambio de apariencia ideológica por el de dominio de territorios escogidos en los cuales puedan  afianzar el fortalecimiento de economías ilegales, y confrontarse con otros  que pretenden los mismos lugares. Y aunque analistas afirman que la tónica es no enfrentar el Estado, han muerto más de 110 miembros de la Fuerza Pública este año. El ELN  junto con disidencias de las Farc y la “Segunda Marquetalia” (creada esta  por algunos firmantes del pacto sorprendidos traficando con carteles mexicanos), se han establecido con autonomía delictiva, cubiertos en retaguardia en Venezuela que los ha acogido y protegido. Ya no son subversivos ni guerrillerada sino agentes generadores de droga y violencia. Lo más grave es la situación de los desplazamientos poblacionales y la ejecución de líderes sociales, indígenas y reinsertados porque resultan inconvenientes en el adueñamiento de sitios pretendidos.

Ahora que empiezan actos celebrativos de los cinco años del Acuerdo de La Habana, hay necesidad de decir que ello no trajo la paz al país de manera integral, se firmó solo con un segmento alzado. Para corroborar lo dicho al principio, el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (INDEPAZ) en su informe “Los Focos del Conflicto en Colombia”, asegura que debe alarmar el hecho de contar el ELN y las disidencias de las Farc, 7.000 personas en armas que sumados a los 8.000 de otros grupos, representan un amplio espectro de tipo delincuencial que mueve un aparato contundente salido de una “industria” ilícita, casi incontenible en el sinfín de demanda-oferta de la coca y de los delitos bañados en sangre, miedo, trata de personas y envenenamientos surgidos de la minería catastrófica. Agrega que de los 13.000 farianos que se acogieron al proceso, hay alrededor de 800 de los que no se sabe dónde se encuentran, aunque asevera que el 95% lo cumplen. A ellos, hay qué otorgarles garantías e incorporarlos a  la sociedad.

El estudio se refiere también a elementos que delinquen con 100, 150 facinerosos y, ¡atérrense!, más de 200 círculos integrados entre 15 y 20 personas en puntos fijos y determinados. Pero hay que manifestar que a pesar de los espacios perdidos en razón del descope del gobierno pasado, la Fuerza de la Nación ha propinado golpes certeros que en lo recorrido del año han neutralizado un número mayor a 5.000 en varias operaciones, de acuerdo con lo dicho por el ministro de Defensa. Una hazaña de inmenso calado la constituye la aprehensión  de Dairo Antonio Úsuga, alias “Otoniel”, en la que por desgracia pereció un policial. Este sujeto que probó distintos aparatajes insurreccionales y paramilitares su aureola de capo la proyectaba en escala y crueldad; un violador al mando de 1.700 remunerados. La referencia es comentar la soledad en que se encontraba, sin custodios o resistencia. Parecería que fuera cita de entrega, recordándose que en varias ocasiones decía tener interés en un sometimiento a la justicia, y se habla de haber enviado mensajes a la DEA sobre su extradición. Se especula que su relación con el cartel de los Soles en los que están involucrados generales y altos gobernantes de Venezuela, lo convierte en apetitoso delator, siendo por ello, quizás, su tranquila sonrisa tipo Mona Lisa. Asimismo se ha querido presentar a “Otoniel”, sin ser pera en dulce, de igual o mayor calaña que Pablo Escobar, pero éste tenía un título de terrorista público difícil de igualar. Es simplemente un modo de publicitar el logro. Se piensa que con tal captura no se acaba el “Clan del Golfo”. Alguien asumirá su control o cambiará de nombre o se diversificará en grupillos; el “negocio” del narcotráfico, mientras exista, habrá quien lo atienda. El mejor parangón lo constituye el mercurio, metal líquido, que cuando se golpea una mancha con un mazo, dispersa bolas y bolitas por doquier.

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