París a los pies de León XIV

(Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez)

Uno de los países más seculares de Europa, cuna de la Revolución Francesa y del grito de “libertad, igualdad y fraternidad”, acaba de dar una muestra de su “sed de Dios”. El proyecto laico que los jacobinos pregonaban a voz en cuello en 1793 con la “diosa Razón” parece hoy, en 2026, desmoronarse. Francia asiste a un repunte de la vida cristiana, y los datos así lo evidencian.

Según la prensa, este año Francia bautizó a más de 13.200 adultos: un 28% más que el año pasado y el triple que hace una década. Además, el 42% tiene entre 18 y 25 años. No son los ancianos quienes regresan, sino los jóvenes. El proyecto laico prometió una Francia sin Dios, pero la respuesta de esta semana fue multitudinaria. Todos, y especialmente los jóvenes, querían ver al Papa. Solo una persona en el mundo puede generar una respuesta como la que vimos en las imágenes a lo largo de los Campos Elíseos, en los estadios y en los lugares más simbólicos de la “capital del amor”. El Papa es un símbolo vivo. Se le llama Pontífice, que significa “constructor de puentes”: el que une lo divino y lo mundano, a Cristo y al hombre.

Hace apenas dos años vimos a esa misma Francia, burlarse de lo sagrado durante los Juegos Olímpicos. Aquel escarnio parecía confirmar el rumbo de una nación alejada de sus raíces cristianas. Ahora, ese país y calles emblemáticas, con su Arco del Triunfo, su Torre Eiffel y sus Campos Elíseos, se entregan al llamado de unidad, paz y amor de Cristo Jesús.

Francia ha desplegado una expresión de amor y celebración hacia un hombre cuya existencia era desconocida; sin embargo, al verlo como Pedro, captura la esperanza de hallar en sus palabras aquello que el mundo, necesitado de Dios, nunca ha podido ofrecer: una experiencia de trascendencia y la certeza de que la vida humana es valiosa, llena de sentido y propósito. Lo dicho por el Papa en los escenarios franceses ha generado una respuesta entusiasta, que es, ante todo, el reclamo a gritos de una Europa sedienta de Dios. Ese hombre de blanco no es Robert Francis Prevost, sino León XIV, quien ostenta el honor de ser llamado Papa, Vicario de Cristo, y que el día de su elección abrazó al mundo con un mensaje de paz universal.

El país que blindó el aborto en su Constitución y legalizó la muerte asistida no logró mantenerse coherente ante el paso del Vicario de Cristo por sus calles. El Papa así se lo recordó. Fue un recordatorio incómodo, pero necesario, para una sociedad que buscaba respuestas. A León XIV lo esperan en noviembre en Uruguay, Argentina y su amado Perú. Con toda certeza, será un “derroche de amor” lo que veremos.

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