Fabian Henao Ocampo
Hace unos años conocí a una persona que cayó en el hábito de pedir dinero prestado a los “paga diarios”. La situación llegó a tal extremo que tenía ocho “gota a gota” haciendo fila cada mañana frente a su negocio. Esa dinámica de tapar un hueco abriendo otro es una práctica frecuente en estos tiempos de informalidad, donde el deudor no solo entrega su dinero, sino también su tranquilidad y su derecho al descanso. Sin embargo, el desenlace de esta historia demuestra lo contrario a lo esperado: con una disciplina férrea y determinación, el protagonista logró pagarle a cada uno de sus acreedores, quienes, de alguna manera, tuvieron la paciencia de esperarlo.
Esta realidad no es ajena al paisaje cotidiano de Pereira. Si recorremos el centro o las zonas de comercio informal, veremos que para muchos vendedores ambulantes el «paga diario» es el único socio disponible. Para el hombre que vende frutas en su carretilla o la mujer que ofrece café en la calle, el acceso a préstamos bancarios es una misión casi imposible. Ante la urgencia de comprar la mercancía para generar el sustento diario, el préstamo informal aparece como una solución inmediata, aunque a largo plazo se convierta en una cadena que asfixia sus escasas ganancias.
El problema radica en una exclusión financiera que empuja a los ciudadanos más vulnerables hacia la inseguridad. Mientras el sistema bancario exige historiales crediticios y garantías reales, los «gota a gota» solo requieren la ubicación del puesto de trabajo o la dirección de la casa. Esta «facilidad» tiene un costo social altísimo: el riesgo de la intimidación y la violencia como método de cobro. En ciudades como la nuestra, este fenómeno ha dejado de ser un simple asunto económico para transformarse en un problema de orden público, donde el control territorial y el miedo reemplazan a la ley y a las tasas de interés legales.
A diferencia de un banco tradicional que tiene paredes de mármol y horarios de oficina, el «banco en moto» es móvil, ruidoso y omnipresente. No espera a que el cliente vaya; él busca al cliente, lo encuentra en el surco de café, en el puesto de revistas o en la puerta de su casa. Ver a los ocho cobradores en fila era aterrador, pero ver cómo se fueron ausentando uno a uno, hasta no regresar, es la prueba de que la redención financiera es posible para cualquiera.
