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sábado, junio 22, 2024

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Gonzalo Gallo
Columnista

Un río, desbordado por una súbita crecida, inundó en cierta ocasión un huerto, destrozando plantas y hierbas.
Entre otras cosas, arrancó de la planta dos calabazas, arrastrándolas con la poderosa corriente.

Las calabazas avanzaban flotando y una de ellas muy ligera emergía más que la otra que apenas sobresalía del agua.
La primera calabaza, bien orgullosa, se burló con soberbia de su frágil compañera:
– ¿No te da vergüenza? ¿Acaso tienes miedo? Mírame a mí; ¡Que bien floto y me sostengo! Puedo competir con la corriente en velocidad.

La otra calabaza la escuchó, pero no respondió nada y siguió tranquila en el agua.
Pero una rana, que iba cerca sobre un grueso tronco quiso poner las cosas en su punto:
– No te des tanta importancia, amiga. -le dijo a la jactanciosa-.

Y agregó: ¿Sabes por qué flotas mejor que tu compañera? Sencillamente porque estas vacía por dentro.

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