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martes, mayo 21, 2024

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UN LLAMADO AL SILENCIO

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Rodrigo Ocampo Ossa

Columnista

Cuando las cosas se ponían difíciles emigrar era una alternativa, y si bien era difícil reconstruir la vida en otro país, era posible. Hubo una ola hacia Estados Unidos en los años 60, donde florecieron el pintor Fernando Botero y el médico Llinás.  En los 70 hacia Venezuela, que tuvo una primera dama de origen colombiano.  En los 90 a México donde acogieron a García Márquez. Después, cuando se fueron cerrando las posibilidades, se buscaron destinos mas lejanos; hoy muchos van a Australia, Dubái e incluso China. Pero emigrar ya no es la primera opción, entre otras cosas porque la conducta de muchos connacionales en los países anfitriones nos hace indeseables, como ocurre en Argentina donde a pesar de los 23 jugadores que hay en la liga de futbol se identifica a los ladrones con los colombianos, Europa siempre ha sido un referente, pero la mayoría de quienes quieren esquivar  la inseguridad no tienen los recursos suficientes para sostener el nivel de vida que dejan en Colombia.

Y quienes no tienen nada que perder deben competir con los miles de migrantes africanos y del medio oriente que tienen repensando a países como Dinamarca en sus políticas liberales frente a la migración. Total, huir no es una buena salida, al menos para la clase media. Y entonces, como contestó un amigo cuando en medio del paro se le preguntó sobre si seguiría adelante con un proyecto en ciernes; ¿Cuál es la opción? Ninguna diferente de plantar la cara a los problemas y seguir adelante. Habrá que hacer el mayor esfuerzo para que el proceso político no llegue a la situación de nuestra vecina y antes admirada Venezuela, o la de Cuba “libre” donde miles de personas están protestando a pesar del yugo castrista. Pero simultáneamente hay que mantener vivas las empresas y la esperanza. Eso se logra haciendo cosas como comparar los niveles de pobreza, analfabetismo y salud de 30 años atrás con los de hoy que desmienten el pesimismo con el que nos quieren vender la revolución. Porque la desesperanza y la amargura son la primera sazón de la receta totalitaria.

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