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domingo, febrero 25, 2024

Napoleón Bonaparte. El poder del mito

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El melodrama de Ridley Scott revive la centenaria discusión sobre la semblanza real de Napoleón Bonaparte, su verdadero legado y el papel del individuo en la historia. Este debate febril lo suscita cada 5 de mayo la conmemoración de su muerte. Sus 60 batallas (3 millones de militares y 1 millón de civiles muertos), dejaron cruentas huellas difíciles de borrar del alma europea. Sus acciones represivas, racistas y misóginas (“El mayor error que cometí en todo mi gobierno”), opacaron la brillantez de sus códigos y leyes modernizadoras. Aquella patética frase: (“He dormido en el lecho de 4 reyes. A ellos debo el contagio de esta enfermedad terrible y mortal”), resume el síndrome patológico del poder que padecía. Todo el esplendor fugaz de su imperio se erigió sobre una plataforma ideológica estructurada por la masonería gala que convirtió “al cabo corso” en un déspota.

Ese halo masónico, misterioso y legendario rodeó la vida de Napoleón hasta el punto de lograr reconocerlo como “la estrella que transformó a Europa”. He aquí, algunos ejemplos. El 7 agosto de 1769, el astrónomo francés Charles Messier detecta un gran cometa desde el Observatorio de París. Su paso revivió la creencia inmemorial de que la aparición de estos viajeros celestes anunciaba el advenimiento de individuos, gestas y causas que han convulsionado al mundo. Siete días después nace Napoleón en la isla de Córcega. A lo largo de su corta y singular existencia, él mismo se referirá a ese asteroide como garante y tutor de su incierto destino. A comienzos de febrero de 1821, otro gran cometa comenzó a hacerse visible en toda Europa. Napoleón perturbado exclamó: “¡Un cometa! Fue el oscuro presagio de la muerte de Julio César. Me siento abatido ante este oscuro presagio”.

Sus últimas palabras son lapidarias: “Eso soy: una parcela de roca lanzada al cosmos”. Su médico personal escribe el 2 de abril que el cautivo de la isla de Santa Helena “abandona este mundo mientras el cometa, aún visible, se aleja de la tierra”. Es el 5–5–1821: tiene 51 años, 8 meses y 21 días de edad, coincidencia numérica que alimentó las cábalas y sortilegios del astrólogo Bonaventure Guyon. Venerada por egipcios y la alta masonería, Sirio B circunvala a Sirio A cada 50 años. Sirio es la estrella de Isis en torno a la cual gira el sol. En 1791, el militar corso a sus 22 años escribía: “Los hombres de genio son estrellas destinadas a arder para iluminar su siglo”. Dmitri Merezhovski afirma sobre el singular periplo del héroe solar: “Él hizo continuar la parábola infinita comenzada en otro mundo, desde allá ha sido lanzado y raudo cruzó por la esfera terrestre como un meteoro”.

Parece ser que la imponente figura napoleónica, más que ser sometida a los dictámenes dialécticos de la historia, ha sido subyugada secularmente por la preceptiva legendaria y mítica del poder, esa dimensión idealista en donde ciertos personajes dejan de ser individuos para convertirse en héroes y ser colocados en el podio odioso y solitario de los semidioses. Para que el mito se popularice es indispensable, ante todo, darle relevancia a su condición humana y mortal. León Tolstói sostenía, al igual que sus venerables hermanos masónicos, que nuestro personaje no fue el responsable de la hecatombe que produjeron las guerras napoleónicas, sino un “simple peón del juego cósmico”, predestinado para cumplir una misión impuesta antes del inicio de sus días… Sus ácidos críticos sostienen algo diferente: Napoleón fue el títere de una nobleza feudal moribunda.

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