Por: Ricardo Tribin Acosta
El rugido que durante más de una década marcó el compás de las mañanas en el Batallón de Artillería No. 5 San Mateo de Pereira se apagó, pero su eco permanece intacto en la memoria colectiva de la región. Morgan, un imponente león que se convirtió en el cuarto y último gran felino en custodiar como símbolo viviente las instalaciones militares, fue durante catorce años mucho más que una mascota. Para los soldados que pasaron por sus filas y los ciudadanos que se asomaban con curiosidad a las rejas de la guarnición, el animal encarnaba el coraje, la disciplina y el respeto, transformándose en un emblema indiscutible de la capital risaraldense.
Nacido en cautiverio, Morgan llegó al batallón hace muchos años para continuar con una estricta tradición institucional que sumaba ya más de cuatro décadas de historia con grandes felinos. Su imponente presencia y su melena dorada daban la bienvenida a cada recluta y visitante, estableciendo un vínculo afectivo inquebrantable con su cuidador y los oficiales de turno. A pesar de los mitos que suelen rodear a los animales de su especie, quienes convivieron con él aseguraban que
Morgan poseía un temperamento noble, acostumbrado al trajín diario de las botas militares, el toque de las cornetas y el saludo respetuoso de hombres y mujeres en uniforme.
Sin embargo, los tiempos cambian y las sensibilidades frente al bienestar animal evolucionaron de la mano de las propias políticas del Ejército. En mayo de 2017, tras enfrentar algunas complicaciones de salud como sobrepeso y una fuerte neumonía, las autoridades militares tomaron una decisión histórica y cargada de nostalgia: dar por terminada la tradición de los felinos en el batallón para priorizar la calidad de vida de Morgan. Con honores silenciosos y sentimientos encontrados, el felino abandonó su jaula de la unidad militar para ser trasladado al Bioparque Ukumarí, un santuario natural diseñado para ofrecerle el espacio abierto y la atención veterinaria de primer nivel que su edad empezaba a demandar.
El traslado a Ukumarí significó una suerte de tregua con el destino y un reencuentro conmovedor, ya que en dicho bioparque Morgan pudo volver a estar cerca de sus padres, César y Kiara. Durante sus últimos años, el exsoldado de cuatro patas cambió el cemento y las formaciones de la guarnición por los senderos de pasto, los árboles y la réplica de la sabana africana, donde expertos en fauna silvestre le devolvieron un pedazo del entorno que por derecho natural le correspondía. Los pereiranos continuaron visitándolo en su nuevo hogar, confirmando que su estatus de ícono local no dependía de un recinto militar, sino del cariño que la ciudad entera le profesaba.
Finalmente, a los 15 años de edad, una hemorragia interna provocada por complicaciones tumorales en su hígado detuvo el corazón del mítico felino. Su partida dejó un vacío profundo en el bioparque y revivió los recuerdos de aquellas guardias eternas bajo el sol de Pereira. Hoy, la historia de Morgan se narra como la crónica de una transición necesaria: la de un animal que sirvió con nobleza como estandarte de un batallón y que, al final de sus días, le recordó a toda una comunidad la importancia de la empatía, el cuidado y la libertad.
