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martes, julio 16, 2024

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EN LA COPA

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James Cifuentes Maldonado

Columnista

Siento profunda admiración por las personas que dedican su vida a la religión, por todo lo que ello implica vocacionalmente, pero muy especialmente por los sacrificios que, en el caso del catolicismo, se autoimponen los sacerdotes, porque encuentro el celibato como antinatural; nunca he entendido sus beneficios en un mejor ejercicio de la labor pastoral.

Analizando algunos modelos de iglesias protestantes e incluso revisando cómo era el asunto en los inicios del cristianismo, encuentro conveniente que nuestros guías espirituales pudieran tener una vida plena, respecto de sus posibilidades familiares y dentro de la sociedad; que pudieran establecerse con una pareja y sacar adelante su propia prole, lo cual, en mi opinión, los pondría más en la órbita de dar sermones los domingos, con mayor criterio y conocimiento en la causa.

Los sacerdotes que más aprecio son aquellos que van más allá en la reflexión de los temas que nos importan a todos y no solamente ejercen su apostolado en la esfera dogmática. Esos religiosos que toman la vocería en temas sociales, intelectuales o de ciudad, rompiendo un poco con ese rigor que no compagina con la modernidad. De esos sacerdotes en Colombia ha habido muchos, pero tengo muy presentes a Alfonso Llano, Gonzalo Gallo, Alberto Linero, y, el nuestro, el Padre Pacho.

En reciente columna titulada “Un cambio cultural y religioso”, el Padre Pacho, excelente editorialista, hizo un gran esfuerzo para explicar el declive que a su juicio ha venido teniendo el catolicismo, tocando aspectos que estimo no resultan fáciles desde la perspectiva de la Iglesia, por el descrédito que ella misma se ha dado a través de los siglos hasta nuestros días, con asuntos tan delicados como, por ejemplo, el de la pedofilia.

La Iglesia como organización es de humanos, con todo lo que eso significa; la Iglesia como expresión social se transforma y aunque el cristianismo sigue siendo una institución fuerte, y le auguro larga vida, es claro que los caminos espirituales cada vez se orientan más al fuero individual de las personas. Reconocer el simbolismo y el carácter alegórico de la religión, de sus protagonistas y de sus enseñanzas, como instrumento de fe y de fuerza espiritual es clave, y las autoridades eclesiásticas no deberían temerle a que los feligreses tengan una confesión más consciente menos literal, con los ojos y la mente más abiertos.

La vida y la muerte seguirán siendo un misterio y el cristianismo, y a su interior el catolicismo, seguirá siendo una opción espiritual, ojalá de una manera más práctica y asertiva, separando las verdades históricas de la humanidad y de la ciencia de las verdades de Dios, que cada quien debe ir descubriendo en su propio corazón, con la ayuda de guías más ilustrados como el Padre Pacho.

El asunto más llamativo propuesto en la referida columna, es el que tiene que ver con la autonomía de los pueblos indígenas, a quienes se les reconoce hoy el derecho de vivir dentro de su propia cosmología e idiosincrasia; de donde me surgió el deseo de tomarme un café con el Padre Pacho y elucubrar con él sobre cómo hubiera sido el presente latinoamericano si esa libertad de la que él habla se hubiera respetado hace 500 años.

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