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lunes, mayo 27, 2024

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Por: James Cifuentes Maldonado

Desde que estaba en el colegio y luego en mi paso por la universidad imaginé cómo sería de bueno leer un libro o un texto académico por mero gusto y no por la obligación de la nota, pues bien, les cuento que en este momento ando en esas, estoy leyendo el acápite de Colombia a cargo de Jaime Orlando Santofimio Gamboa Andrés Mauricio Briceño Chaves en una obra de derecho comparado denominada Derecho Administrativo Iberoamericano.  Voy en la parte de las instituciones de gobierno que introdujeron los españoles en nombre de la corona luego de la conquista y me encontré con un fragmento que me llamó la atención, juzguen ustedes:

“(…) Paralelamente a estos pueblos o ciudades villas de blancos o españoles, por razones culturales fue preocupación la de crear pueblos de indios o reductos donde debían concentrarse los indígenas habitantes de los territorios conquistados. En estos pueblos se procuraba la formación cristiana; de aquí que se le encomendaba su manejo a un cura doctrinero, «cuyo sostenimiento corría a cargo de los tributos que los indios estaban obligados a pagar». Si el pueblo estaba habitado por más de cien indios, su burocracia se aumentaba en dos o tres cantores, un sacristán y uno o dos fiscales. (…)”.

O sea, los conquistadores no solamente acabaron a sangre y fuego con las creencias, costumbres, y tradiciones que constituían la cultura de los pueblos indígenas, es decir destruyeron su cosmogonía y su forma de ver e interpretar el mundo y la naturaleza, sino que además les cobraron a las víctimas por evangelizarlos induciéndolos a una fe que no necesitaban, que no estaban pidiendo; es como si el usurpador de hoy en día no solamente nos arrebata la vida o los bienes  sino que además hay que pagarle por el despojo y los perjuicios. Bien lo dijo Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina: “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: «Cierren los ojos y recen». Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia.”

Luego de la independencia, los criollos que quedaron, que no eran ni de aquí ni de allá, es decir no eran ni chicha ni limoná, como cantara Víctor Jara, no vieron problema en seguir usurpando solo que, sin participarle al rey, en un hecho que se ha prolongado hasta nuestros días, que es la raíz del conflicto que nunca ha cesado y que solo ha cambiado en las formas más aterradoras de ejercer la violencia para hacer posible el desplazamiento de los propios en favor de empresas criminales.

Esa es la realidad que siguen viviendo departamentos como el Cauca y Nariño, donde primero hicieron su agosto los colonos y terratenientes que, aunque ya no son esclavistas, se sostienen en las élites del poder y con sus apellidos distinguidos dan discursos patrioteros en el congreso; luego, más recientemente la delincuencia organizada del narcotráfico local y trasnacional, impulsado por unas guerrillas que no reconocen límites, ideales ni banderas, que solo hablan de rutas, cargamentos y carteles.

200 años es mucho y a la vez no es nada en el desarrollo de las sociedades emergentes que, como la nuestra, aún le falta mucho para ser justa y civilizada; y este es el fondo de la disputa de las dos Colombias enfrentadas, no es la salud ni las pensiones, sigue siendo la tierra.

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