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sábado, marzo 2, 2024

Miscelánea

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Me muero del susto; me muero de la dicha; me muero del miedo; me muero de la ira; me muero de la emoción; me muero de la tristeza; me muero del hambre; me muero de la llenura; me muero de sueño; me muero de placer; me mata la incertidumbre; me mata la intriga; me matas con esa respuesta; me matas con ese beso; me matas con tu desdén; me matas con tu mirada; me muero del frío; me muero del calor; me muero por verte; me muero por saber; no me digas, que me muero; si te vas me matas; si volvemos no tendremos vida.

Se me quedan por fuera muchas otras formas o sentidos figurados en los que los seres humanos decimos a diario que nos morimos, sin tener conciencia de lo drástica que es la muerte real, y no importan los sucesos ni las tragedias ni las perdidas que personalmente nos tocan y nos causan pena; la muerte sigue siendo una ventana lúgubre en la que de vez en cuando nos asomamos pero a la que normalmente preferimos dar la espalda. Suelo pensar que el estado que más nos sobrecoge, que más nos genera inquietud sobre la muerte y por ende sobre el valor de vivir, es cuando nos paramos frente al cajón en la velación de un conocido, de un amigo o de un pariente, sin embargo ese estado es efímero, pasa, se nos olvida rápido.

Me causó gran impacto ver la película la Sociedad de la Nieve, quedé lleno de sensaciones extrañas, pero muy especialmente me quedé pensando que los seres humanos somos demasiado retóricos sobre la vida y muy poco coherentes frente a lo que significa vivir, cuando indefectiblemente nuestro destino es la muerte.

En el viaje fatal del equipo uruguayo de rugby cuyo avión se siniestró en las montañas de Chile, el 13 de octubre de 1972, 13 personas murieron instantáneamente, otros padecieron varios días, hubo un grupo de 13 que literalmente convivieron con la muerte por semanas, con el tiempo suficiente para afrontarla, para mirarla a los ojos y finalmente dejarse llevar por ella en su desfallecimiento;  la parte grandiosa, milagrosa, 16 personas que creyeron morir no lo hicieron y para dicha de sus familias volvieron, reducidos en sus cuerpos pero engrandecidos en sus almas, la experiencia más íntima y más religiosa que alguien jamás pudiera tener.

Este nivel de conciencia sobre la vida y la muerte es el que no tenemos, el que permanentemente olvidamos cuando no nos cuidamos, cuando de una forma u otra recortamos la estancia de la vida, que en la línea del tiempo universal es una mera exhalación, o cuando inconscientemente hacemos todo lo posible para perder la calidad de nuestros días, cuando acortamos el camino hacia la enfermedad con nuestros malos hábitos o lo que es peor, cuando activamente nos arrojamos a los brazos de la muerte por irresponsables, por imprudentes.

La película me dejó claro que morir, como ese algo que en determinado momento solo le sucede a uno, es un desenlace inevitable y hasta un descanso, un alivio, pero resulta que como no estamos solos morir también es una fuente de dolor para aquellos a quienes dejamos.

La vida merece ser vivida, para uno y para los seres queridos, mientras podamos y dependa de nosotros. Dejo esta reflexión a los motociclistas que no respetan las normas de tránsito ni los límites de velocidad, a los que se drogan y a los que conducen borrachos.

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