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domingo, junio 16, 2024

Mi Pereira vieja – (I)

Es tendencia

¡Y refundaron a Claudia!

¿Y quién controla?

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En varias oportunidades he traído a esta columna algunas remembranzas sobre la Pereira de los años sesenta y setenta y aludí a sus instituciones cívicas y culturales que han ido desapareciendo y también a sus sitios de esparcimiento. «Recordar es vivir», un pensamiento que invita a volver sobre nuestro pasado. 

Evocaré algunos de los establecimientos y negocios que marcaron aquella época, engalanaron nuestras vías principales y fueron lugares de aglutinación o de visita obligada, pero que el tiempo desapareció físicamente. 

¡Vamos pues! Recién desaparecido el tranvía eléctrico que atravesaba la ciudad por las carreras séptima y octava, éstas se vieron atiborradas de coloridos buses urbanos (de transporte público) que con los años se convirtieron en «cafeteras ambulantes» que humeaban y contaminaban todo a su paso, especialmente el traje que llevábamos puesto quienes nos atrevíamos a montarnos en esos vejestorios atestados de gente. Era preferible pedir un taxi por teléfono a la Empresa India o a Tax Central que monopolizaban este servicio. Con el tiempo los buses fueron obligados a las carreras sexta y novena y después a la quinta y a la cuarta. 

El teléfono era un aliado inseparable de las amas de casa. Todo se pedía a domicilio, especialmente el mercado que era despachado velozmente desde un puesto de la galería central (el componente de las verduras y frutas) o desde el granero (si eran los demás alimentos) en zorras, carretillas o simplemente en canastos que un viejo repartidor cargaba sobre su espalda soportándolo con una traílla que adhería a su frente. Las medicinas y los brebajes se pedían a las droguerías Noreña o 91-92 (ese era su número de teléfono). 

En aquella Pereira de mediados del siglo XX las calles eran menos apetecidas que las carreras para los negocios comerciales. Recordemos algunos: en la calle 18, antes de ser convertida en vía peatonal, había varios sitios icónicos: la Cabaña del Disco, el Café Anarkos —con sus billares—, los bancos Industrial Colombiano y Comercial Antioqueño, el bar Ticunha (que con Tony Best y Munka Munka inauguraron en la ciudad el concepto de «discoteca») y el almacén de la octava donde vendían los sombreros Barbisio y Stetson que eran los más costosos y apetecidos; a su lado el teatro Caldas (el único de la ciudad con palcos privados). En la calle 19 estaba la Kodak —el almacén de Donato García donde llevábamos los rollos de fotografía para ser revelados—, el Banco Central Hipotecario, el entonces moderno palacio municipal, el «eterno» Gran Hotel y la vieja edificación de La Lucerna. 

Sobre la carrera Séptima estaban las pastelerías Real y Apolo, los teatros Karká, Pereira y Centenario —todos de cine continuo—, el almacén La Marca (mezcla de papelería con trofeos), la Catedral, las fuentes de soda (nombre fariseo para los bares y cantinas) Bolívar y Fuente Azul, el hotel Colonial y el lujoso Soratama, el Club Rialto (en sus tres versiones) y la heladería Tropical (con sus helados del Trópico) parada previa a los giros obligados y al plan «de conquista» en el parque El Lago

Sobre la carrera octava el café Continental, los almacenes Singer (con sus máquinas de coser —oficio que era un lujo en los estratos altos y un oficio en los bajos—), Juan Antonio Mejía con sus telas, el Submarino con sus empanadas, el Ley, el Malca y el Jotagómez que lideraron las grandes tiendas, Ropa El Roble y Van Ric que marcaban la moda en prendas de vestir y el Carrusel (un bar en un sótano sórdido donde el baile con chicas «contentonas» era obligado)

Mis contemporáneos me ayudarán categóricamente —estoy seguro— para las próximas entregas.  

 

Para estar informado

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1 COMENTARIO

  1. Los sermones del padre Valencia con sus direcciones (involuntarias) pecaminosas; La Espiga y los regaños de don Heliodoro; Guspelao, la Pola, y Chila; el noticiero de don Ricardo Ilián; la sastrería (muy chic) de don Leonidas Vega; la fábrica VALHER de la 23 con octava; don Enrique Valencia en el Club del Comercio; el Viacrucis en la Badea; los fotógrafos al paso en la Plaza de Bolívar; la embotelladora Coca-Cola donde es hoy Sanandresito; Pablo «el vago», «Lagardere»; almacén Philco en la esquina suroriente de la plaza, etc…

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