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viernes, junio 14, 2024

Memoricidio, otro crimen de lesa humanidad

Es tendencia

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PEREIRA TIENE PAPÁ

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Gonzalo H. Vallejo A.

Columnista

El ser humano es capaz de producir las obras más excelsas, pero también las acciones más degradantes, v. gr. los “bibliocaustos”, cuyas listas son cruelmente largas: van desde la quema en 1562 de los 40 códices mayas ordenada por el obispo español Diego de Landa, hasta el saqueo y destrucción del Museo Arqueológico y la Biblioteca Nacional de Iraq (2003), por un grupo de marines USA quienes accionaron granadas de fósforo blanco. Allí se guardaban, entre otros, tablillas de arcilla con escritura cuneiforme, vestigios del nacimiento de la escritura; las primeras traducciones al árabe de textos aristotélicos; testimonios de la vida iraquí bajo el imperio otomano; manuscritos de Averroes y textos del matemático Omar Khayam del siglo XII. Las infames bombas incendiarias del ejército serbio destruyeron en 1992 la Biblioteca Nacional y Universitaria de Bosnia y Herzegovina.

Un millón y medio de volúmenes (155 manuscritos) quedaron reducidos a cenizas. El filósofo croata Kemal Bakarsic recordó cómo en aquella humeante noche, las páginas calcinadas se levantaban por el aire, flotaban por un instante y volvían a caer como nieve negra por la ciudad. “Al atrapar una hoja, se sentía el calor y se leía fugazmente aquello que tenía el extraño aspecto de un negativo: todo en negro y gris. Luego, la página caía pulverizada entre los dedos”. En América Latina existen 522 culturas que han sufrido, de una manera u otra, la tragedia del memoricidio. Se vuelve imperioso reconocer la memoria como esa vía arteria por donde transitan sus diversos flujos; verla como proscenio itinerante donde se representa el trágico–cómico drama de la condición humana, a veces henchida de dolor, tristeza y angustia y, otras, llena de esperanza, gozo, paz y optimismo.

La guerra va más allá del sojuzgamiento a personas y territorios, ataque y destrucción de blancos militares: busca eliminar al “otro”; borrar intencionalmente todo aquello que forme parte de la memorabilia del adversario: tradiciones, patrimonios eco–culturales (etnocidio), valores identitarios, formas de resistencia, lucha y supervivencia. Tras los ataques a las Biblioteca Nacionales de Sarajevo y Dubrovnik, el médico e historiador croata Mirko D. Grmek acuñó el término “memoricidio” para referirse a las “cruzadas” de “limpieza étnica” lanzadas por el ejército serbio durante la Guerra de Yugoslavia (1992- 1996). La ONU incluyó en esa “destrucción intencional”, monumentos, ecosistemas, ciudades, calles, barrios y entornos históricos, galerías de arte, museos, bibliotecas y archivos. Borrar la memoria cultural de una nación es un acto tan vil y criminal comoaniquilar la vida misma.

Asesinar gente es algo ignominioso y execrable Matar la memoria de un pueblo es otra forma ruinosa y genocida. “Sabemos que la pérdida de la memoria hipoteca el futuro.

Quien no puede aprender del pasado queda condenado a aceptar el futuro sin poder imaginarlo”, afirmaba el escritor uruguayo Eduardo Galeano. La memoria es algo vital e indefectible. Cuenta Voltaire que René Descartes y John Locke discutían acaloradamente acerca de la utilidad de los recuerdos. Para dirimir tan aguda controversia, intervinieron las Musas -hijas de Mnemósine-, la diosa de la memoria y decidieron cancelar por un tiempo toda forma de rememoración. La humanidad quedó sumida así, en un caos total: la gente olvidó principios, valores y normas y, sobre todo, perdió el sentido y las ganas de vivir al igual que desestimó su historia, es decir, su pasado presentificado y sus futuribles.

gonzalohvallejo@gmail.com

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