HUMBERTO GUTIERREZ CASTAÑEDA
Después del sismo, también hubo quienes ayudaron recorriendo casa por casa
Después del sismo del 10 de agosto fueron muchas las manos que se tendieron. Unos entregaron mercados, otros removieron escombros, organizaron ayudas o acompañaron a quienes, en pocos segundos, vieron cambiar sus vidas.
Pero también hubo un ejército silencioso de profesionales voluntarios que recorrió calles y barrios durante largas jornadas, sin esperar reconocimiento.
Arquitectos e ingenieros visitaron viviendas, locales y edificaciones. Observaron grietas, fisuras, desprendimientos y otros daños; registraron información y evaluaron las condiciones de habitabilidad. Era una enorme responsabilidad: detrás de cada puerta había una familia esperando una respuesta.
Decirles que podían permanecer en su vivienda significaba devolverles un poco de tranquilidad en medio de la angustia. En otros casos, la respuesta era dolorosa: por seguridad debían abandonarla.
La emergencia necesitaba muchas otras manos. Abogados, administradores ambientales, veterinarios y profesionales de diferentes disciplinas realizaron censos, encuestas, caracterizaron familias, identificaron damnificados y necesidades, diligenciaron formularios, organizaron información, orientaron y, sobre todo, escucharon.
Fueron muchos. Caminaron, inspeccionaron, preguntaron, censaron y acompañaron. Pusieron gratuitamente su conocimiento y su tiempo al servicio de personas que muchas veces ni siquiera conocían.
Quizás sus nombres no aparecieron en fotografías ni titulares. Tampoco era lo que buscaban.
Trabajaron con compromiso, abnegación y en silencio.
Porque después de una tragedia no solo se reconstruyen viviendas. También se reconstruye la esperanza.
