En diciembre de 2.023 un grupo de cincuenta organizaciones de la sociedad civil de todo el mundo publicó un sonado manifiesto clamando por el uso ético de la Inteligencia Artificial. No fue la primera ni la última llamada de alarma pues han salido otros manifiestos ominosos sobre el futuro de la humanidad si llegare a depender totalmente de esta que puede equivocarse. Y lo hace con frecuencia. Se sabe de sanciones contra abogados que la han utilizado en sus procesos y han caído en errores garrafales dada tendencia de la IA a inventar antecedentes o jurisprudencia cuando no tiene información suficiente. Los técnicos lo llaman “Alucinaciones”. Y de diagnósticos médicos fatales por errores de digitación de los datos de los pacientes. A pesar de esas limitaciones los beneficios de la IA están superando sus riesgos como ayuda en la producción de alimentos, bienes y servicios y actualmente su presencia es progresiva e irreversible. Pero en el corto plazo no sustituirá a los humanos como temen algunos. La razón es simple, la mente humana es impredecible como lo sabe quién haya estado enamorado y haya sufrido una decepción, o sea todo el mundo. Y como lo acaban de ratificar las pasadas elecciones en Colombia. Nadie pudo predecir como saldrían las consultas que sorprendieron a los más avezados estadígrafos y políticos de oficio a pesar de extensas inversiones y equipos con los que contaron. Al final del día la gente decide por razones que desbordan la capacidad de predicción de los mejores computadores que, si son cuánticos, trabajan en base a probabilidades, no a emociones. Como decían los arrieros hay cosas que ni el diablo entiende, las minas y las mujeres, menos las va a entender un algoritmo.
