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martes, junio 25, 2024

Los laberintos míticos del aprendizaje

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Los “neuromitos” son creencias equívocas sobre el funcionamiento del cerebro que han impactado negativamente el mundo de la educabilidad y la enseñabilidad. Uno muy conocido tiene que ver con la teoría de “las inteligencias múltiples”, difundida por el psico–neurólogo estadounidense Howard Gardner hace 40 años. Las ideas de Gardner sirvieron para desvirtuar la creencia de que había dos inteligencias (La lógico-matemática y la lingüística) y habló de la existencia de otras; valoró el entorno socio–cultural como elemento determino–condicionante para el desarrollo del intelecto; reivindicó otras capacidades cognitivas humanas y estimuló la búsqueda de nuevas prácticas neuro–pedagógicas. Los descubrimientos neurológicos actuales rebatieron su tesis. Hoy se habla de una sola inteligencia, recurso con el cual el cerebro se nutre y contextualiza la realidad. 

Estos son algunos neuromitos: utilizamos el 10% de la capacidad cerebral; la infancia es el período exclusivo para el aprendizaje; las emociones y los sentimientos son enemigos del razonamiento; la emocionalidad obstaculiza la innovación y no permite la resolución de conflictos y la toma de decisiones acertada; el cerebro derecho o izquierdo determinan la personalidad del individuo; los hemisferios cerebrales influyen aisladamente en el desarrollo científico y artístico; la capacidad mental tiene una carga genética significativa; el cerebro lo recuerda todo; la memoria no es selectiva; hombres y mujeres aprenden de maneras distintas; el cerebro se apaga mientras dormimos; la hipnopedia o aprendizaje onírico es una forma de aprendizaje; el sueño es enemigo de la creatividad; el aprendizaje estimula la (re) generación neuronal; el volumen–peso cerebral condiciona la inteligencia. 

Con una compleja y fascinante partitura “cristalina y fluida”, el cerebro dirige una orquesta sinfónica donde interactúan 86.000 millones de neuronas en un arpegio de 350 trillones de conexiones o sinapsis. Otro neuromito que afecta nuestra vida psico–social, es el miedo al olvido. La relevancia emocional de una experiencia incide en el almacenamiento y codificación de la información en el cerebro que tiene una capacidad finita para almacenar información y desecha el 90% de la que recibe mientras se duerme. Olvidar es un proceso tan necesario, natural y saludable como recordar. El olvido es, en muchos casos, un signo de buena memoria. El avivamiento o (des) bloqueo de un recuerdo depende del impacto emocional que haya tenido para el cerebro. Los recuerdos son resignificados a través de permanentes narrativas readaptadas en el hipotálamo como estrategia de supervivencia.

Estas ideas prejuiciosas obstruyen procesos intelectivos, discursivos y operacionales decisivos. Al obturarse la fluidez de ese frondoso y grácil caudal de enseñanzas y aprendizajes, estos “pre–conceptos” malogran muchas de las expectativas que se tienen sobre la entronización de una genuina educación con calidad. Una nueva praxis didáctico–pedagógica busca erradicar esas ideas desacertadas y crear verdaderos entornos y contextos académico–curriculares. Así, se lograría un trascendental crecimiento bio–psico–social de los agentes educativos y el bienestar integral de sus comunidades. Para ello, se deben realizar eventos donde deben participar diferentes actores escolares con el fin de develar los fascinantes misterios y descubrimientos de ese microcosmos que es el cerebro (ese gran desconocido) y su excelsa y magistral elaboración: nuestra inteligencia.

gonzalohvallejo@gmail.com

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