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miércoles, abril 17, 2024

“Los hijos del poder”

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Neverg Londoño Arias
Columnista

El ejercicio del poder en Colombia se ha caracterizado por la conformación de grupos familiares que han dominado la economía, los partidos, las élites y conformado dinastías criollas cuyos miembros heredan con gran desparpajo los cargos más importantes del estado como un botín de guerra, en cada una de las ramas del poder público y los institutos descentralizados.

Bajo esta premisa,  la familia presidencial y sus miembros cercanos disfrutan de las bondades del cargo y en su vulnerabilidad no están exentos de embarrarla en algún momento:  promesas que no se cumplen, opiniones poco generosas, cosas que no se deben decir, visitas que no se deben hacer, compromisos que no se deben adquirir, negocios que no se deben realizar; abusos de autoridad, compras superfluas, uso indebido de los bienes del estado, viajes de recreo a cuenta de los contribuyentes, gastos suntuarios, donación de partes del territorio y donación de bienes del estado.

Por premura, desconocimiento de la realidad y falta de una adecuada información muchos notables caen en las trampas de la improvisación y el lenguaje cometiendo errores garrafales, sin explicación convincente, lo que en gran medida cuestiona su formación y afecta su prestigio frente a los ciudadanos y los medios. Las andanadas de desaciertos y metidas de pata de gobernantes y políticos  colombianos han sido recogidas en las obras de los periodistas Arturo Abella Rodríguez y Daniel Samper Pizano.

En cuanto a cesiones y regalos los funcionarios colombianos han sido generosos: Bolívar entrega la isla Gorgona a un militar irlandés; el presidente Carlos Holguín (1893) envía como regalo a la reina María Cristina de Habsburgo, el Tesoro Quimbaya, consistente en 122 piezas de oro; durante el gobierno del presidente José Manuel Marroquín (1898-1904) se pierde Panamá; el canciller Juan Uribe Holguín (1952) por medio de una nota diplomática reconoce la soberanía de Venezuela sobre el archipiélago de Los Monjes y el gobierno colombiano promete a Daniel Ortega acatar el fallo de la Corte Internacional de La Haya sobre los límites de Colombia y Nicaragua, durante la Reunión del Grupo de Río (2008).

Mirado lo anterior como una mínima parte de los excesos de mandatarios, su familia y sus amigos se reescribe una historia sin fin sobre el terreno de las investigaciones exhaustivas y los silencios eternos. Los “delfines” hacen de las suyas,  niños terribles que ponen en peligro el gobierno creando problemas de todo tipo, sacan provecho del estado gracias a su influencia y a la postre terminan, más temprano que tarde, heredando el poder.

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