Rodrigo Ocampo
El 9 de marzo del año 1815 Napoleón Bonaparte logró escapar de su exilio en la isla de Elba. La prensa francesa se escandalizó con titulares que le llamaban caníbal y monstruo. Dos días después anunciaba que el tigre se había mostrado en el terreno y para el 19 ya le llamaba Bonaparte. El 21 los titulares decían que el Emperador estaba en Fontainebleau y al día siguiente informaron que “Su majestad el Emperador había hecho entrada pública a las Tullerias… Viva el Emperador”. No es el único caso de un giro vertiginoso de la opinión. El año pasado el actual primer ministro de Canadá, Mark Carney, estaba a sesenta puntos porcentuales del candidato conservador. Pero intervino Trump diciendo, entre otras cosas, que Canadá debería ser el estado cincuenta y uno de Estados Unidos. Carney barrió y tiene un respaldo absoluto en la opinión actual. En Colombia los giros han sido asombrosos. Pastrana barrió al candidato oficialista después del escarnio al que había sido sometido por Samper. Uribe ganó en primera vuelta contra las encuestas y el SI por el acuerdo con las Farc fue derrotado a pesar de la presión oficial de la época. Por eso no hay que fiarse de la opinión ni de las encuestas, suelen equivocarse o cambiar por hechos sobrevinientes. Por eso los sistemas democráticos escogen sus dirigentes en las urnas y no con base en sondeos o las opiniones de los expertos. Sin elecciones ni Milei ni Kast serían los presidentes de Argentina y Chile. Lo que vaya a suceder en las próximas elecciones de Colombia no depende de la plata que dilapide Petro en sus hordas de influenciadores, depende de lo que la gente del común piense sobre el saqueo al erario público y de la paz total.
