Gran indignación en redes sociales causó las imágenes del presidente Abelardo De la Espriella repartiendo balones a los niños en Buenaventura. La gente que esperaba las ayudas vio llegar el carro presidencial con toda la colección de balones marcados con el logo de su campaña. La reacción no se hizo esperar por parte de un joven que cuestionó con vehemencia el gasto en la marca de dichos balones, señalando la desconexión con las graves necesidades de la población en medio de la tragedia y el gasto innecesario.
Coincido con el reclamo del joven, hay muchas otras necesidades, pero considero que el error principal recae en el equipo de asesores del mandatario. Alguien debió advertirle que era indispensable priorizar la entrega de bolsas de mercado, medicinas, frazadas o alimentos de primera necesidad en lugar de elementos recreativos.
Aun así, resulta comprensible que un presidente con solo diez días en el poder cometa este tipo de desaciertos. Es probable que la intención fuera brindar un momento de distracción y alegría a la infancia golpeada por la crisis, aunque la mayoría coincide en que fue algo fuera de lo normal.
Algo así como repartir pandebonos en el desierto. Ante estas tragedias
se requiere eficacia y respeto por el dolor ajeno.
Para muchos ciudadanos, el mandatario deberá asimilar con prontitud su nueva realidad y entender que la etapa de campaña ha finalizado.
Lo ocurrido con el terremoto es sumamente grave pero también representa una oportunidad clave para demostrar la capacidad de liderazgo del mandatario, transformando la tragedia en una nueva etapa de reconstrucción colectiva de nuestra identidad como un país que es capaz de levantarse de estas duras pruebas.

Los balones del Presidente
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