Por Walter Benavides Antia
Si la teoría de Habermas pudiese personificarse en un diagnóstico póstumo dirigido a la clase política colombiana de cara a las elecciones presidenciales de 2026, su veredicto no sería en absoluto indulgente. Advertiría, con la urgencia de quien observa el desmoronamiento de los cimientos institucionales, sobre una profunda crisis de legitimidad, el colapso epistémico de la esfera pública y la peligrosa sustitución de la razón comunicativa por la racionalidad instrumental, el cálculo estratégico y la violencia armada.
El contexto colombiano en el periodo de transición de 2024 a 2026 se ha configurado como un escenario de altísima volatilidad. Analistas económicos y políticos describen la situación del país como un «triatlón» agotador, donde el Estado, asfixiado por una fragilidad fiscal extrema, se enfrenta a un desgarro social y político sin precedentes. A esto se suma un incremento documentado del 87% en la conflictividad social (2024), una fragmentación legislativa preocupante que ha impedido la consolidación de “reformas estructurales”, y la persistencia del horror del magnicidio, evidenciado con el asesinato de Miguel Uribe Turbay en 2025.
En este escenario de incertidumbre sistemática, la clase política nacional ha reemplazado progresivamente el debate argumentativo por el sensacionalismo mediático, la desinformación impulsada por algoritmos y una polarización afectiva que anula el entendimiento.
El concepto de la «esfera pública”, acuñado y desarrollado Habermas en su obra de 1962, Historia y crítica de la opinión pública, constituye la piedra angular de su teoría política. La esfera pública se define como el espacio vital e intermediario donde la sociedad civil se congrega para debatir racionalmente, sin coacciones externas, y formar una voluntad política o una opinión pública que sirva de contrapeso efectivo al poder ejecutivo del Estado. Históricamente, este espacio burgués se gestó en cafés, salones literarios y mediante la prensa escrita, operando como un tribunal de la razón ante el cual la autoridad política debía justificarse. Sin embargo, en sus últimas reflexiones, en su libro de 2022, Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa, Habermas alertó sobre una degradación contemporánea sin precedentes impulsada por la digitalización corporativa y el ecosistema de medios modernos.
Para la Colombia que se aproxima a las elecciones de mayo de 2026, el diagnóstico habermasiano apuntaría directamente a lo que él denominó la progresiva «refeudalización de la esfera pública». En la Edad Media, el poder no se sometía al escrutinio ni se debatía racionalmente; se exhibía teatralmente ante súbditos pasivos para generar asombro y sumisión. En la actualidad, la política colombiana ha retornado de manera alarmante esa dinámica representativa: la deliberación rigurosa sobre políticas públicas ha sido reemplazada por la teatralización y la mediatización extrema, transformando al público crítico, que en una democracia sana debería exigir rendición de cuentas argumentada, en una audiencia consumidora de espectáculos mediáticos y escándalos efímeros.
@walterbenavidesantia7484
