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martes, julio 23, 2024

Libertad de expresión: ¿Hasta dónde?

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Luis Fernando González Fuentes

Columnista

El mundo de hoy, globalizado gracias al protagonismo del internet, de las redes sociales, de las pantallas inteligentes, de los medios de información tradicionales, y de la publicidad, ha propiciado y estimulado buena parte de la producción industrial de mensajes, unos interesantes, otros aleccionadores, formadores, educadores y los promotores de negocios, ideologías y adoctrinamiento de todo tipo.

Hasta ahí, todo está bien, si lo que se quiere es hacer llegar el mensaje al máximo de receptores posible. Lo que no está bien, son las falsas noticias, ni los atentados contra la integridad moral y ética de los ciudadanos.

Se torna más complejo el asunto, cuando las redes sociales posibilitan el anonimato y, con él, los discursos banales y falaces. La falacia a la que más se recurre es a la denominada “ad-hominem” -contra el hombre- que es aquella que, en vez de replicar con un buen razonamiento, con una buena argumentación lógica, se responde con lenguajes que no se equiparan con la verdad del asunto.

En otras palabras, cuando se incurre en esta falacia, el ofensor desestima los juicios y dictámenes de la otra persona, el ofendido, centrándose más en su pasado, en su aspecto físico, en conductas o comportamientos triviales, vanos, superfluos, en vez de resaltar lo notable, importante y sobresaliente de sus argumentos. Se ataca más la integridad de las personas y no a su argumento.

Ello, lo que devela es la precariedad de pensamiento y de análisis de parte del ofensor. Aplaudamos los argumentos válidos y condenemos las diatribas y las calumnias.

No obstante, la presunción de que toda forma de expresión esté protegida por el derecho fundamental a la libre expresión, existen variantes de expresión vedadas, entre otras, las que justifican el odio nacional, racial, religioso, político u otras clases de encono y de rencor, de los cuales se deriven la discriminación, la hostilidad, la violencia contra cualquier persona o grupo de personas, cualquiera sea la razón.

Me parece que la violencia también se expresa con todo tipo de mensajes, sin importar el medio usado para tal fin, calumniosos, injuriosos, afrentosos, ultrajantes, vejadores, agresivos, perjudiciales. Desde luego, que además de la sanción social, quien así se comporte debería asumir su responsabilidad ante el imperio de la ley y la justicia, para subsanar el daño causado con sus malintencionados mensajes.

Por otra parte, la humanidad planetaria padece un gran azote, peor que la pandemia: no nos sabemos escuchar. Son importantes las conversaciones sin “silencios” tendenciosos, para generar cambios y transformaciones profundos en la sociedad. He ahí la génesis de los argumentos cargados de odio. Es urgente estimular y entrenar la capacidad de escuchar al otro, de visibilizarlo. Es necesaria la práctica de la otredad.

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