Lecciones de una tragedia

Por Andrés García

Este terremoto que afectó a Colombia, a varios departamentos y entre ellos terriblemente a Risaralda, dejó consecuencias devastadoras, perdidas humanas, personas desaparecidas, animales, pérdidas materiales y una paranoia colectiva propia del Síndrome de Estrés Post Traumático (SEPT) que acontece luego de este tipo de fenómenos. 

El Reloj del Juicio Final fue un instrumento que crearon en 1948 Albert Einstein y Robert Oppenheimer como un símbolo para advertir al público lo cerca que esta la humanidad de la autodestrucción nuclear, el tiempo… el gran destructor de los mundos; sin embargo, esta vez la destrucción no fue consecuencia de la irracionalidad del hombre sino un fenómeno natural, en virtud de que la tierra que habitamos se acomoda permanentemente. Este no fue un castigo divino ni un llamado de atención. Fue un remezón telúrico que costó las vidas de tantas y tantos conciudadanos hermanos, el cual nos debe llevar a aprender acerca de la forma cómo vivimos, a planear mejor los cascos urbanos y, para efectos de este artículo, la manera en que nos comportamos las personas. Creo que es allí donde está la principal lección.

En el día a día somos presa de la inmediatez, del ritmo de la cotidianidad. Generalmente olvidamos apreciar las cosas sencillas que llegan a nuestra existencia: Un dormir seguro, una ducha, un alimento, un buenos días… un dar GRACIAS por esta oportunidad de ser y estar. Ingresamos a la autopista diaria de los deberes y responsabilidades, entrando nuestra existencia en piloto automático. Estamos sin estar, vivimos sin vivir, compartimos sin apreciar. Damos por sentado que todo será siempre igual y luego la vida nos sorprende con un giro de 180 grados.

La tragedia nos deja innumerables lecciones, quizá la principal – en mi concepto – aprender a vivir el día a día, a dar lo mejor, a AGRADECER, a no juzgar, a extender una mano amiga incluso a aquel que no te valora (quien probablemente es quien más la necesita), a ser generosos de pensamiento y de actos, a ser solidarios como especie humana (con los demás y con todos los seres vivos) sin la necesidad de que una catástrofe nos una. La solidaridad – esa mano divina – debe ser una constante en la vida de todos, el respeto por el otro un principio innegociable y la conciencia de este preciso y valioso instante nuestra filosofía. Nada es para siempre. Nosotros no somos para siempre. Fluir como cultura en medio de la situación y actuar con convicción y propósito humano son nuestros aliados capitulares. Es tiempo de adaptarnos y de avanzar unidos, con Fe y entre todos. Es tiempo de identificar las bendiciones detrás de los problemas. Aquí hay una gran lección. *Secretario de Cultura de Risaralda.

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