Por Gonzalo Hugo Vallejo- Columnista
Mucho se ha escrito sobre el impacto ético y psicosocial de una catástrofe telúrica. Entre ellas están: la novela de John Fante (“Pregúntale al polvo”) sobre el cataclismo de Long Beach en 1933; el reportaje investigativo de Kathryn Schulz (“El gran terremoto”) sobre la falla Cascadia y la inminencia de un megasismo en el Pacífico norteamericano; las narrativas testimoniales de Elena Poniatowska (“Nada, nadie. Las voces del temblor”), Carlos Monsivais (“No sin nosotros. Los días del terremoto”), Marco Antonio Campos (“Hemos perdido el reino”) y el poemario de José Emilio Pacheco (“Miro la tierra”) sobre el sismo devastador de Ciudad de México en 1.985 y los relatos de Haruki Murakami (“Después del terremoto”) sobre la hecatombe de Kobe en 1995. Atrás quedaron las metáforas sísmicas homéricas (“La Ilíada”) y la ira de Poseidón (“El que sacude la tierra”).
No hablaremos del español Juan de Castellanos quien en sus “Elegías de varones ilustres de Indias” (siglo XVI), registró en verso los primeros grandes sismos coloniales en la región andina, ni del poeta mexicano Efraín Bartolomé y sus sentidos versos al igual que del compilador Diego Fonseca y su famosa antología (“Tiembla”) sobre los sismos de México en 2017. Nos detendremos un momento para resignificar la importancia de una vieja discusión suscitada entre Voltaire y Jean Jacques Rousseau en torno al terremoto de Lisboa (1755), el cual sacudió los cimientos filosóficos de la Ilustración. La tragedia exigió a los pensadores de la época, reformular su visión del mundo. Dejó atrás el providencialismo religioso y el optimismo metafísico basado en una supuesta armonía universal (“Todo está bien”) para dar paso a la ciencia y al humanismo crítico y propositivo.
Mientras que Voltaire desde “El cándido” veía en el sismo de Lisboa la prueba de la crueldad ciega de la naturaleza y la falsedad de los discursos que justificaban el dolor humano, Rousseau desde su “Carta sobre la Providencia”, vio la prueba de los errores fatales del urbanismo. Con ellos se inauguró el debate sobre cómo la arquitectura, la demografía y la socio–economía determinan un desastre sísmico. Rousseau planteaba que la naturaleza simplemente hace lo que tiene que hacer (mover la corteza terrestre). El verdadero desastre lo provocan las decisiones humanas. Fue el primero en señalar que el riesgo es, ante todo, una construcción social. Rousseau se convirtió así, en el precursor de la gestión moderna del riesgo. La naturaleza genera pues, el fenómeno tectónico, pero la vulnerabilidad la creamos nosotros al vivir hacinados en construcciones inadecuadas…
En Francia el debate fue ético, pero en Alemania Immanuel Kant lo enfocó desde una perspectiva racional y “físiocrática”. Conocedor del desastre de Lisboa, publicó en 1756 sus tratados sobre la causalidad sísmica. La naturaleza es amoral e indiferente frente al acontecer humano; se debe rechazar categóricamente que un desastre telúrico sea castigo divino o señal sobrenatural. Kant sentó las bases para el estudio geológico, pero su conclusión humanística es inmemorial al forjar la noción del “sentimiento de lo sublime”: las fuerzas naturales son superiores al ser humano, pero ellas despiertan nuestra grandiosidad racio–emocional y moral al hacernos conscientes de nuestra vulnerabilidad. Logramos así, escuchar los inseguros y trémulos pasos de la frágil condición humana… Kant lo dijo: “Un terremoto dura segundos, pero cambia la perspectiva de una vida entera”. Cuando un desastre natural nos golpea con crudeza, sino sucumbimos ante él, nos queda la posibilidad de reflexionar sobre la fugacidad de la existencia, la vulnerabilidad de los seres vivos y la fragilidad sísmica de nuestros valores morales… ¡Es hora de reconstruirnos!
