Las respuestas flotan en el viento

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

El 13 de agosto de 2026, día en que saldría esta columna, íbamos a registrar un nuevo aniversario de “Blowin in the mind” (“Flotando en el viento”), la legendaria melodía escrita por Bob Dylan en 1963, popularizada como himno contracultural, canción pionera de la protesta social, oda antibelicista que sería adoptada en el siglo XX por diversos grupos que luchaban por la igualdad racial y la justicia social. Las notas de la emblemática canción acompañaron a los legionarios multirraciales pacifistas en la memorable “Marcha de Washington” de 1963, certamen que congregó a 250.000 personas que ovacionaron, junto al monumento de Lincoln, el célebre discurso de Martin Luther King (“Yo tengo un sueño”). Cinco años más tarde (1968), sería un canto fúnebre tarareado en el sepelio del inmolado líder pacifista negro. Se presagiaba la estela de impunidad que cubriría dicho magnicidio… 

La elegía la entonaron miles de estudiantes que denunciaban el horroroso genocidio perpetrado durante 10 años (1965–1975) en el sudeste asiático, conflicto bélico conocido como la Guerra de Vietnam que dejó un saldo de 3 millones de muertos. El terremoto del 10 de agosto nos obligó a cambiar el plan lecto–escritural propuesto. Escogimos tres versos y el estribillo para “escoltar” esta reflexión: “¿Cuántas veces puede un hombre girar la cabeza / fingiendo que simplemente no ve? / ¿Cuántos oídos se deben tener / antes de escuchar a la gente llorar? / ¿Cuántos sepelios se necesitarán para saber / que ha muerto demasiada gente? (…) / La respuesta amigo mío está en el viento”. Cuando ocurrió el terremoto de Armenia de 1999, cinco familiares nuestros murieron aplastados en un edificio céntrico que había sido comprado tiempo atrás. El informe técnico fue explosivo…

La patología estructural del edificio arrojó que una reconocida empresa liderada por “notables” arquitectos e ingenieros de la ciudad, además de construir un inmenso tanque de reserva en la terraza, había rellenado el interior de las columnas y vigas de concreto con cañas de guadua sustituyendo así, el refuerzo metálico reglamentario. Además, utilizó alambres de púas en lugar de estribos de acero. Este acto criminal y otros quedaron en la impunidad. Hace 39 siglos, el famoso Código de Hammurabi sentenciaba a muerte a todo constructor homicida cuya casa se viniera abajo. Nos vino a la memoria un viejo lema ético de una firma constructora: “Hay que construir desde la base, desde adentro y para siempre”. No hablaremos, en tan corto espacio, del juicio histórico (y por hacer), al Fondo de “Reconstrucción” del Eje Cafetero (FOREC) y sus 32 hijastras disolutas y desalmadas.

Hoy, llenos de incertidumbres sobre el futuro de una nación que históricamente ha estado en manos de depredadores propios y extraños, oímos hablar desvergonzadamente sobre el recorte inminente de libertades conquistadas; la conculcación de derechos adquiridos; la reivindicación de viejos postulados de regímenes totalitarios y el anuncio de reformas tributarias que sólo favorecerán a minorías privilegiadas. Hoy, sumidos en dilemas éticos sombríos y gravosos imperativos categóricos; sobrecogidos ante una realidad que interpela y abruma, seguimos haciéndonos eternas e irresolutas preguntas sobre principios y valores tales como eticidad y moralidad, libertad y responsabilidad, justicia y equidad, reparación y no repetición, tolerancia y permisividad, empatía y solidaridad, respeto y otredad, confianza y seguridad… Las respuestas seguirán flotando en el viento.

Un estudiante absorto en sus pesadumbres, preguntó cierto día a su maestro: “¿Qué tan cierto ha sido, a lo largo de la historia de Colombia, que las armas nos hayan dado la independencia y las leyes la libertad?”. “Ésta y otras respuestas no quedarán flotando en el viento cómo creyó Bob Dylan en su legendaria canción -pensó el maestro-. Se las llevarán sin respuesta alguna los vientos del olvido”.

Otras opiniones

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -