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lunes, julio 15, 2024

Las malas intenciones

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Iván Tabares Marín

Columnista

El científico ucraniano Leo Kanner resumió en 1943 las características del autismo: “profundas ganas de estar a solas; el deseo de que todo siga igual o de que las cosas no cambien; islotes de capacidad creadora”. Un médico de la Universidad de Viena, Hans Asperger, estudió niños que se encontraban en el extremo benigno del espectro autista, algunos con un nivel intelectual muy alto.

Personajes famosos como Leonel Messi y la adolescente ecologista Greta Thunberg padecen el síndrome de Asperger; se ha sugerido que el genial filósofo Ludwig Wittgenstein también lo presentó, pero no se diagnosticó porque murió en 1951 cuando apenas se confirmaba la existencia de este trastorno genético. La película Rain Man nos muestra un caso de la forma menos benigna del autismo; las películas “Mi nombre es Khan” y “Temple Grandin” describen casos de Asperger.

Los estudios del espectro autistas llevaron a los investigadores a descubrir el principio fundamental de la condición humana, conocido como “teoría de la mente” o teoría se la interacción social. Es la capacidad de comprender las intenciones de los otros o de ponernos en su posición. Así, el niño adquiere consciencia de sí o lo que he llamado “el ingreso al mundo simbólico”. El algoritmo que soy se cree sujeto.

El autista tiene dificultades para comprender la intención de los otros, es decir, no puede elaborar una teoría de la mente o es incapaz de interpretar las acciones biológicas con significado social. Por ejemplo, se asusta porque no comprende la intención o agenda de alguien (agente) que le ofrece la mano o lo abraza.

Hay una pintura del siglo XVII, de Georges de la Tour, titulada El Tahúr, que muestra la actitud del tramposo que mira para otro lado, mientras la dama jugadora observa de reojo a otra, de pies, quien con la mirada le señala la trampa. En el otro extremo de la mesa un joven hace el papel del autista que no puede entender las intenciones de los otros.

En los últimos tres años me he referido a la versión estructural de la semiótica o semiología, la ciencia del significado de los signos (palabras), que los analiza como unidades básicas de un discurso y cuyo sentido o significación surge de la diferencia o relación de unos con otros. En cambio, en la semiótica agentiva, no estructural, el sentido o significación “se establece en la relación de un agente (que hace algo) y su agenda (el tipo de resultado o la intención a la que apunta esa acción).

La semiótica agentiva nos permite el mejor análisis posible del “mejor acuerdo de paz posible”: un experto en cartas marcadas jugó con un grupo de tramposos la dignidad de la Nación, mientras los colombianos, como autistas, no entendíamos sus malas intenciones. Después del libro del General Mora Rangel acerca del proceso de paz no quedan dudas sobre la infamia.

Ampliaré el comentario sobre la teoría de la mente.

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